lunes, 19 de octubre de 2026

Nominado a los Premios Neuroeduca 2026

 


Me acabo de enterar de que me han nominado a los Premios NeuroEduca 2026, en el marco del I Congreso Internacional NeuroEduca (IFEMA, Madrid, 11–13 de noviembre).

Son unos premios que reconocen el trabajo de quienes llevan la neurociencia al aula de una forma que de verdad cambia cómo aprenden los niños y niñas. Que mi trabajo esté ahí dentro, propuesto por otras personas del sector, es ya un premio.

Gracias a quien pensó en mí.

#PremiosNeuroEduca #EducacionLab #Neuroeducación

Jóvenes con valores

Por Esteban G. Santana Cabrera  

Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil generalizar. Con frecuencia, cuando hablamos de la juventud, aparecen los tópicos: jóvenes pegados a una pantalla, sin demasiadas inquietudes, sin grandes aspiraciones o pendientes de las ayudas públicas para ir tirando. Una imagen que, además de injusta, deja fuera de foco a una realidad mucho más esperanzadora: la de tantos políticos y jóvenes que se esfuerzan, se preparan, trabajan y siguen dedicando parte de su tiempo a aprender, investigar y mejorar la sociedad en la que viven.

En Canarias tenemos motivos para sentirnos orgullosos de muchos de ellos. Jóvenes que, después de una jornada laboral, no siempre eligen el camino más cómodo. Algunos continúan formándose; otros participan en proyectos científicos, investigan, comparten conocimientos y buscan respuestas a preguntas que pueden contribuir a mejorar nuestras vidas. Lo hacen muchas veces sin grandes reconocimientos, sin titulares en la prensa y sin esperar aplausos. Simplemente, porque creen en lo que hacen.

Un ejemplo lo tenemos en la representación canaria el pasado 10 al 14 de Octubre, del Servicio de Medicina Intensiva del Complejo Hospitalario Universitario Insular de Gran Canaria en el congreso de la European Society of Intensive Care Medicine (ESICM), celebrado en Lisboa, presentando varias comunicaciones científicas que reflejan el valor del trabajo en equipo, la curiosidad científica y el compromiso con la investigación. Porque investigar no consiste únicamente en desarrollar grandes proyectos, sino también en plantearse preguntas, compartir conocimientos y transformar la práctica clínica a través de pequeñas iniciativas que, con esfuerzo y continuidad, pueden generar un impacto significativo. Este esfuerzo se atribuye a todo el equipo por su implicación, entusiasmo y esfuerzo, y por demostrar que la investigación también se construye día a día, con iniciativa, colaboración y ganas de aprender.

Comunicaciones realizadas por profesionales, médicos y enfermeras que, además de atender a pacientes en situaciones críticas, encuentran tiempo para investigar y buscar nuevas formas de mejorar la asistencia sanitaria. Personal sanitario que entiende que su responsabilidad no termina cuando acaba su turno, porque saben que sus aportaciones, por pequeñas que sean, pueden contribuir a salvar vidas.

Y ahí es donde encontramos esos jóvenes valores que tanto necesitamos visibilizar. Profesionales que no se conforman con hacer lo imprescindible, que entienden el trabajo como una oportunidad para crecer y que descubren en la investigación una manera de devolver a la sociedad parte de lo que esta les ha ofrecido.

Con esto no quiero idealizar a toda una generación ni de negar las dificultades que encuentran muchos jóvenes para acceder a un empleo digno, emanciparse o desarrollar sus proyectos. Tampoco de cuestionar las ayudas públicas, necesarias para quienes las necesitan. Se trata de algo mucho más sencillo, y es la de no permitir que los prejuicios oculten el talento, la iniciativa y la capacidad de sacrificio de quienes están construyendo el futuro desde el presente.

Canarias necesita referentes. Jóvenes que investiguen en nuestros hospitales, que innoven en nuestras universidades, que emprendan, que enseñen y que se comprometan con la sociedad. Necesita que sus historias se conozcan, porque ejemplos como estos, de esfuerzo, desmonta un estereotipo y abre una puerta a quienes todavía están buscando su camino.

Quizá el verdadero problema no sea que existan jóvenes sin expectativas, sino que, en ocasiones, prestamos más atención a los tópicos que a quienes demuestran, con hechos, que otra realidad es posible. Por eso, cuando hablamos de jóvenes valores, no deberíamos pensar únicamente en promesas de futuro. Deberíamos mirar a nuestro alrededor y reconocer a quienes ya están aportando, investigando y mejorando nuestra sociedad. Porque el talento también está aquí, en nuestras islas, en nuestros hospitales y en nuestros centros de trabajo.



domingo, 18 de octubre de 2026

En la XII Feria de la Salud en la Piel

 


Este domingo estuve con Acción Psoriasis en la XII Feria de la Salud en la Piel cuyo lema fue: "Todo lo que tu piel hace por ti". La feria estuvo organizada por la Fundación Piel Sana de la AEDV y la colaboración del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria , AECC, Cruz Roja, LupusCan, Pequeño Valiente y Acción Psoriasis, y el apoyo de La Roche-Posay, ISDIN, Almirall y Beiersdorf-Eucerin.

Una mañana para difundir las actividades que desarrollamos como asociación y dara conocer el gran trabajo que realiza Acción Psoriasis desde hace años con pacientes y familiares. En nuestro stand estuvo la alcaldesa de Las Palmas de GC Carolina Darias San Sebastián y pudimos departir con dermatólogas como Zaida Hernández Hernández, Jefa de Servicio del área de Dermatología del Complejo Hospitalario Materno Insular de Gran Canaria.

lunes, 12 de octubre de 2026

Ventanas rotas

 

Por Esteban G. Santana Cabrera 

Hay una teoría que nació para explicar determinados comportamientos relacionados con la seguridad ciudadana, y que a mi modo de ver es una interesante metáfora para entender nuestra sociedad: la teoría de las “ventanas rotas”.

James Q. Wilson y George L. Kelling la formularon en 1982 a partir de una idea: cuando una ventana rota permanece sin reparar, transmite un mensaje. Alguien puede interpretar que allí nadie se preocupa, que nadie vigila y que las normas pueden incumplirse sin consecuencias. Esta teoría fue posteriormente muy discutida y no hay nada que permita afirmar que el desorden sea, por sí mismo, una causa directa de delincuencia.

En 2008, Kees Keizer, Siegwart Lindenberg y Linda Steg publicaron en Science varios experimentos sobre cómo el desorden puede favorecer otras conductas incívicas. Sus investigaciones observaron que, cuando las personas perciben que una norma ya está siendo incumplida, aumenta la probabilidad de que ellas mismas transgredan otras normas. Es decir, lo que hacen los demás también educa —para bien o para mal—.

Pensemos en nuestras calles. Una papelera llena, una acera deteriorada, una pintada que permanece meses sin limpiarse, muebles abandonados en una esquina o basura arrojada junto a un contenedor generan una sensación de abandono. Y cuando el abandono se normaliza, el siguiente gesto incívico parece menos grave. Esto ocurría en la puerta de mi centro de trabajo, donde había unos contenedores y la gente aprovechaba para tirar de todo. Me costó casi tres años que rodaran los contenedores calle arriba, pero después de ese cambio la puerta del centro y los alrededores eran otro.

Lo vemos también en nuestros barrios. En Tamaraceite, como en tantos otros lugares de Las Palmas de Gran Canaria, conocemos perfectamente esa sensación. Cuando un espacio público está cuidado, limpio, iluminado y habitado por vecinos que sienten que les pertenece, existe una mayor predisposición a conservarlo. Cuando ocurre lo contrario, aparece la peligrosa frase: “Total, si nadie lo cuida…”. El ejemplo lo tenemos en el paisaje protegido de Las Charcas de San Lorenzo. Si de semana en semana pasara una patrulla recogiendo los papeles o escombros que la gente desposita por allí, y si a eso le pusiéramos unos carteles alertando de las consecuencias que esto tiene, a buen seguro que el espacio estaría realmente protegido, porque los que tiraban escombros o basuras se van a contener.

Y esta reflexión debería entrar también en nuestros centros educativos. Una ventana rota en un colegio no es solamente un cristal roto. Es el mensaje que enviamos si durante semanas nadie se ocupa de ella. Un baño deteriorado, una pared llena de pintadas, una papelera rota, un patio descuidado o una norma de convivencia que todos conocen pero nadie cumple son pequeñas “ventanas rotas” educativas. Por el contrario, un colegio limpio, cuidado, alegre y acogedor transmite a niños y adultos algo:  aquí importamos todos.

Esto también ocurrió en uno de mis centros hace años, donde las puertas de un aulario estaban rotas, los baños y aulas llenos de pintadas obscenas y el mobiliario destrozado. Desde el departamento de extraescolares propusimos pintar los baños, cambiar las puertas y darle un cambio radical a ese aulario apartado. A la vez le propusimos al alumnado que sus aulas las personalizaran con cartelería, decoración, etc. El ambiente cambió, las aulas ya no parecían celdas, los pasillos y escaleras no eran lugares de vergüenza. Sí, de vez en cuando aparecía alguna pintada, pero nuestro lema era limpiarla al instante. Ese trabajo llevó aparejada la propuesta de impulsar la biblioteca y una revista en el centro donde el alumnado fuera el protagonista.

Lo mismo ocurre en la política. No podemos exigir que no haya corrupción si toleramos pequeñas faltas de respeto, promesas incumplidas, privilegios injustificados o la descalificación permanente del adversario. Son las descalificaciones las que deterioran la confianza de la sociedad.

Una ciudad más limpia. Un barrio más cuidado. Un colegio más feliz. Una política más respetuosa. Una ciudadanía que saluda, que ayuda, que recoge lo que ensucia y que no mira hacia otro lado. Porque los barrios también se construyen desde los pequeños gestos. Y quizá deberíamos hacernos cada mañana una pregunta muy sencilla: ¿Qué pequeña ventana puedo reparar hoy?

La Provincia

TeldeActualidad

InfoNorte



lunes, 5 de octubre de 2026

Dejen trabajar a los docentes

 

Por Esteban G. Santana Cabrera 

Cada 5 de octubre, desde 1994, la UNESCO celebra el Día Mundial de las y los Docentes. Una fecha para reconocer a quienes tenemos en nuestras manos una de las tareas más importantes de cualquier sociedad: educar. Pero este año la celebración tiene un significado especial. En 2026 se cumplen sesenta años de la Recomendación de la UNESCO y la Organización Internacional del Trabajo sobre la situación del personal docente, un documento que estableció derechos, responsabilidades y condiciones necesarias para ejercer la profesión con dignidad. Seis décadas después, quizá haya que volver a recordar que al docente hay que respetarlo y dejarlo trabajar.

Si me permiten, y desde mi condición de padre y docente, me gustaría hacer una serie de puntualizaciones. No trato de convertir al profesorado en una figura intocable ni de impedir que las familias puedan preguntar, discrepar o exigir explicaciones. Todo lo contrario. Una educación de calidad necesita familias implicadas, interesadas y preocupadas por el aprendizaje y el bienestar de sus hijos. Los padres y madres tenemos derecho a conocer qué se enseña, cómo se enseña y por qué se toman determinadas decisiones. Y los docentes tenemos la obligación de explicar y justificar nuestro trabajo, la programación y las medidas que adoptamos, especialmente cuando un alumno presenta dificultades o necesita una respuesta educativa adaptada a sus necesidades y a su nivel competencial.

Pero una cosa es exigir explicaciones y otra muy diferente es pretender sustituir el criterio profesional del docente. Y esto lo he vivido yo a lo largo de mis años de docente y de cargo directivo. En más de una ocasión, algunas familias llegan a los centros educativos con la convicción de saber cómo debe educarse a sus hijos, qué metodología debe utilizarse, qué decisiones debe tomar el profesor e incluso cómo debe evaluarse. Opiniones que no siempre están respaldadas por conocimientos pedagógicos o profesionales. Y cuando esa discrepancia se convierte en imposición, descalificación, insulto o amenaza, estamos traspasando una línea que jamás debería cruzarse.

Porque el docente es un profesional que ha estudiado, se ha formado, ha preparado sus clases y ha dedicado buena parte de su vida a educar. Cuestionar una decisión profesional puede ser válido, y a veces necesario, pero cuestionar permanentemente la profesionalidad de quien la toma, no. Y eso es lo que está ocurriendo desafortunadamente.

Y mucho menos podemos aceptar que un maestro o una profesora tenga que acudir cada mañana a su centro con el temor de ser insultado, amenazado o agredido. La violencia, sea verbal o física, nunca puede formar parte de la relación entre las familias y los profesionales de la educación. Defender al alumnado también significa defender a quienes trabajan diariamente para educarlo.

Por eso resulta imprescindible recuperar la dignidad de la profesión docente. Y esa dignidad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de los equipos directivos, de las administraciones educativas o de la labor que puedan desarrollar los sindicatos.

Hace tiempo que reivindico la creación de una figura del Defensor del Docente, independiente y con capacidad real para acompañar, asesorar y proteger al profesorado cuando sufre situaciones de acoso, amenazas, agresiones o cuestionamientos injustificados de su labor profesional. No basta con protocolos que muchas veces se quedan en el papel. El docente necesita saber que, cuando surge un conflicto, alguien estará ahí para defender sus derechos. Y no hablo de asesoramiento de apoyo a la escuela que para eso está la inspección educativa.

La UNESCO nos recuerda este 5 de octubre que proteger la profesión docente es una necesidad. Y quizá el primer paso sea recuperar algo que nunca debimos perder, la confianza en quien está al otro lado de la mesa del aula.

Las familias tienen derecho a exigir. Los docentes tienen derecho a explicar. Pero ambos tienen el deber de respetarse. Porque educar es una responsabilidad compartida. Y para que un maestro pueda enseñar, para que pueda corregir, orientar, exigir y también equivocarse, necesita que la sociedad vuelva a confiar en él, que se respete su autoridad profesional y, sencillamente, que se le deje trabajar.

TeldeActualidad

InfoNorte

domingo, 4 de octubre de 2026

¡Adiós Maxi!

 


Tamaraceite despedirá este próximo lunes  a las 7 de la tarde en la parroquia de San Antonio Abad a Maximino González, periodista, hombre de radio, artista, viajero, futbolista y, sobre todo, un vecino profundamente comprometido con la historia y la memoria de nuestro barrio. Un hombre cuya trayectoria estuvo marcada por la inquietud, la libertad y una permanente necesidad de contar y escuchar.

Maxi perteneció a una generación de jóvenes que durante los años sesenta y setenta participó activamente en la vida cultural de Tamaraceite. El teatro, la música, el deporte y la radio fueron algunos de los espacios en los que desarrolló aquella inquietud. Vinculado a iniciativas teatrales del barrio, llegó a dirigir la representación  “A dos barajas”, y también dejó su huella en la música popular con la composición de una canción dedicada a su barrio: “Ay, barrio La Montañeta”.

El fútbol fue otra de sus pasiones. Fue uno de los primeros jugadores de la UD Tamaraceite, allá por finales de los años sesenta, cuando el club comenzaba a escribir una historia que con el paso del tiempo se convertiría en una de las señas de identidad del barrio.

Pero si existe una faceta especialmente vinculada a su relación con Tamaraceite fue la radio. Maxi quería dignificar el lugar donde nació. En los años 90, Tamaraceite no vivía sus mejores momentos, pero él decía que la historia de este pueblo, ahora barrio merecía ser contada y recordada no por la droga y la delincuencia sino por las historias de superación de sus vecinos. Desde la radio del barrio realizó programas destinados a recuperar las voces, los recuerdos y las imágenes del Tamaraceite de la posguerra. Aquellas emisiones fueron mucho más que programas radiofónicos. Fueron una forma de conservar la memoria oral de un barrio que estaba cambiando rápidamente. Entrevistó a vecinos, recuperó testimonios y puso voz a una generación cuyos recuerdos corrían el riesgo de desaparecer.

Este trabajo en la radio fue también uno de los puntos de partida de otros proyectos dedicados a recuperar la memoria de Tamaraceite. Entre ellos, un libro que publiqué en 2001 “Tamaraceite. Recordar es volver a vivir”, publicado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Maxi realizó el prólogo de este libro, estableciendo así un vínculo especial con una obra que pretendía precisamente rescatar fotografías, historias y testimonios de aquel Tamaraceite que ya comenzaba a desaparecer.

En 1997 fue además el pregonero de las fiestas de Tamaraceite. Aquel pregón constituye hoy un valioso documento sobre la identidad del barrio y sobre la propia personalidad de su autor. En él recordó las fiestas, la plaza, el teatro, los juegos, las relaciones entre vecinos y aquellos espacios de encuentro que habían marcado su juventud. También habló de su propio carácter y de aquel “espíritu de la bohemia” que parecía acompañarlo allá donde iba.

Porque Maxi fue, ante todo, un espíritu libre. El periodismo y la radio le llevaron a recorrer diferentes lugares del mundo. A comienzos de los 90 regresó a Canarias y volvió a desarrollar su pasión por la comunicación, dirigiendo varias emisoras de radio entre ellas Canal Telde. Sin embargo, allá donde estuvo mantuvo siempre una característica que lo acompañó durante toda su vida: su capacidad para implicarse con las personas y con los lugares en los que desarrollaba sus proyectos.

Años después volvió a colaborar en otro de mis proyectos relacionado con la historia del barrio: “Tamaraceite, pasión por el fútbol”, publicado por la Fundación de la UD Las Palmas. Sus recuerdos como uno de los primeros jugadores del club me aportó mucho material para contar la historia del fútbol en Tamaraceite.

Con su fallecimiento a los 78 años y con muchas cosas que contar aún, desaparece una de esas voces que ayudaron a contar la historia de Tamaraceite desde dentro. Pero queda su legado: sus programas de radio, sus recuerdos, su pregón, sus experiencias, su participación en la cultura y el deporte y su colaboración en publicaciones que hoy permiten conocer mejor el Tamaraceite de ayer.

Maximino González no solo vivió la historia de Tamaraceite. También se preocupó de contarla y conservarla. Y quienes ayudan a un pueblo a recordar terminan formando parte, inevitablemente, de su propia memoria. Su voz se ha apagado, pero las historias que ayudó a recuperar permanecen. No te olvidaremos Maxi y solo espero ver algún día alguna de esas calles de tu Tamaraceite, por las que paseaste, llevar tu nombre. DEP.

La Provincia

TeldeActualidad