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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Quienes crecimos en sus calles recordamos una infancia vivida al aire libre. La calle era entonces el gran espacio de encuentro. No hacía falta organizar actividades ni concertar citas con antelación, bastaba con salir a la puerta de casa para encontrar amigos, primos o vecinos con quienes compartir la tarde. Allí se aprendía a respetar turnos, a resolver pequeños conflictos, a ganar y a perder, a integrarse con niños de distintas edades y a hacer amistades que, en muchos casos, han perdurado toda la vida. En tiempos como los que estamos viviendo ahora, en pleno Mundial de Fútbol, nos faltaba tiempo para que terminando el partido que daban televisado para salir a la calle a emular a las figuras de la época y organizar nuestro particular mundial en la calle, poniendo dos piedras como porterías. Y esto nos llevaba a organizar partidos “más “profesionales” entre barrios en los estanques de barro que, sin agua, se convertían en campos de fútbol.
Me vienen a la mente algunos de aquellos juegos populares que formaron parte de la identidad de Tamaraceite y de tantos otros pueblos y barrios canarios. Juegos como el escondite, el trompo, el boliche, el teje, el salto a la soga o las carreras improvisadas en los Bloques o en la Montañeta, o también juegos como las cartas, o la lotería que fomentaba la convivencia entre grandes y pequeños en las tardes de verano en los patios de las casas. Todo esto era patrimonio cultural que se transmitía de generación en generación, sin manuales ni pantallas, únicamente mediante la observación y la práctica compartida.
Hoy, sin embargo, la realidad ha cambiado profundamente. No dejo de reconocer que los peligros de hoy en día no los había antes. Pero hemos pasado del blanco al negro. Muchos niños pasan gran parte de su tiempo libre en espacios cerrados, relacionándose a través de dispositivos electrónicos y construyendo vínculos virtuales que, aunque tienen sus ventajas, difícilmente pueden sustituir la riqueza de la interacción directa. Se están perdiendo experiencias fundamentales como correr, ensuciarse, negociar las reglas de un juego, esperar el turno o sentir la alegría de compartir una tarde con otros niños en la calle o en una plaza. Ahora los niños, por no saber, no saben ni resolver los conflictos entre ellos y solicitan a las primeras de cambio a los padres que les protejan, lo que lleva en muchos casos a la “sobreprotección” y a la “inmadurez”.
Con esto no trato de idealizar tiempos pasados ni de rechazar los avances tecnológicos, que forman parte indiscutible de nuestro presente. Trato, más bien, de que caigamos en la cuenta de la importancia de encontrar un equilibrio y de recuperar aquello que sigue teniendo un enorme valor educativo y humano. Los juegos tradicionales son una magnífica oportunidad para ello. No requieren grandes recursos económicos, fomentan la actividad física, estimulan la creatividad y fortalecen los lazos familiares y vecinales.
El verano puede convertirse en la ocasión ideal para que padres e hijos, abuelos y nietos, redescubran juntos estas formas de diversión. Qué hermoso sería ver a los mayores enseñando a lanzar un trompo, explicando las reglas de las bolas o recordando cómo se jugaba al teje en las calles de Tamaraceite. Con ello, no solo se transmite un juego, sino también una manera de entender la vida, unos valores y la memoria que forma parte de nuestra identidad.
Recuperar los juegos tradicionales es, en definitiva, recuperar el encuentro, la conversación y la alegría de jugar juntos. Tal vez este verano sea un buen momento para abrir las puertas de casa, salir a la calle y permitir que lnuestros niños descubran que, mucho antes de las pantallas, la felicidad también cabía en un trompo, unos boliches o una simple soga para saltar.
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