domingo, 18 de octubre de 2026
En la XII Feria de la Salud en la Piel
lunes, 12 de octubre de 2026
Ventanas rotas
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay una teoría que nació para explicar determinados comportamientos relacionados con la seguridad ciudadana, y que a mi modo de ver es una interesante metáfora para entender nuestra sociedad: la teoría de las “ventanas rotas”.
James Q. Wilson y George L. Kelling la formularon en 1982 a partir de una idea: cuando una ventana rota permanece sin reparar, transmite un mensaje. Alguien puede interpretar que allí nadie se preocupa, que nadie vigila y que las normas pueden incumplirse sin consecuencias. Esta teoría fue posteriormente muy discutida y no hay nada que permita afirmar que el desorden sea, por sí mismo, una causa directa de delincuencia.
En 2008, Kees Keizer, Siegwart Lindenberg y Linda Steg publicaron en Science varios experimentos sobre cómo el desorden puede favorecer otras conductas incívicas. Sus investigaciones observaron que, cuando las personas perciben que una norma ya está siendo incumplida, aumenta la probabilidad de que ellas mismas transgredan otras normas. Es decir, lo que hacen los demás también educa —para bien o para mal—.
Pensemos en nuestras calles. Una papelera llena, una acera deteriorada, una pintada que permanece meses sin limpiarse, muebles abandonados en una esquina o basura arrojada junto a un contenedor generan una sensación de abandono. Y cuando el abandono se normaliza, el siguiente gesto incívico parece menos grave. Esto ocurría en la puerta de mi centro de trabajo, donde había unos contenedores y la gente aprovechaba para tirar de todo. Me costó casi tres años que rodaran los contenedores calle arriba, pero después de ese cambio la puerta del centro y los alrededores eran otro.
Lo vemos también en nuestros barrios. En Tamaraceite, como en tantos otros lugares de Las Palmas de Gran Canaria, conocemos perfectamente esa sensación. Cuando un espacio público está cuidado, limpio, iluminado y habitado por vecinos que sienten que les pertenece, existe una mayor predisposición a conservarlo. Cuando ocurre lo contrario, aparece la peligrosa frase: “Total, si nadie lo cuida…”. El ejemplo lo tenemos en el paisaje protegido de Las Charcas de San Lorenzo. Si de semana en semana pasara una patrulla recogiendo los papeles o escombros que la gente desposita por allí, y si a eso le pusiéramos unos carteles alertando de las consecuencias que esto tiene, a buen seguro que el espacio estaría realmente protegido, porque los que tiraban escombros o basuras se van a contener.
Y esta reflexión debería entrar también en nuestros centros educativos. Una ventana rota en un colegio no es solamente un cristal roto. Es el mensaje que enviamos si durante semanas nadie se ocupa de ella. Un baño deteriorado, una pared llena de pintadas, una papelera rota, un patio descuidado o una norma de convivencia que todos conocen pero nadie cumple son pequeñas “ventanas rotas” educativas. Por el contrario, un colegio limpio, cuidado, alegre y acogedor transmite a niños y adultos algo: aquí importamos todos.
Esto también ocurrió en uno de mis centros hace años, donde las puertas de un aulario estaban rotas, los baños y aulas llenos de pintadas obscenas y el mobiliario destrozado. Desde el departamento de extraescolares propusimos pintar los baños, cambiar las puertas y darle un cambio radical a ese aulario apartado. A la vez le propusimos al alumnado que sus aulas las personalizaran con cartelería, decoración, etc. El ambiente cambió, las aulas ya no parecían celdas, los pasillos y escaleras no eran lugares de vergüenza. Sí, de vez en cuando aparecía alguna pintada, pero nuestro lema era limpiarla al instante. Ese trabajo llevó aparejada la propuesta de impulsar la biblioteca y una revista en el centro donde el alumnado fuera el protagonista.
Lo mismo ocurre en la política. No podemos exigir que no haya corrupción si toleramos pequeñas faltas de respeto, promesas incumplidas, privilegios injustificados o la descalificación permanente del adversario. Son las descalificaciones las que deterioran la confianza de la sociedad.
Una ciudad más limpia. Un barrio más cuidado. Un colegio más feliz. Una política más respetuosa. Una ciudadanía que saluda, que ayuda, que recoge lo que ensucia y que no mira hacia otro lado. Porque los barrios también se construyen desde los pequeños gestos. Y quizá deberíamos hacernos cada mañana una pregunta muy sencilla: ¿Qué pequeña ventana puedo reparar hoy?
lunes, 5 de octubre de 2026
Dejen trabajar a los docentes
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Cada 5 de octubre, desde 1994, la UNESCO celebra el Día Mundial de las y los Docentes. Una fecha para reconocer a quienes tenemos en nuestras manos una de las tareas más importantes de cualquier sociedad: educar. Pero este año la celebración tiene un significado especial. En 2026 se cumplen sesenta años de la Recomendación de la UNESCO y la Organización Internacional del Trabajo sobre la situación del personal docente, un documento que estableció derechos, responsabilidades y condiciones necesarias para ejercer la profesión con dignidad. Seis décadas después, quizá haya que volver a recordar que al docente hay que respetarlo y dejarlo trabajar.
Si me permiten, y desde mi condición de padre y docente, me gustaría hacer una serie de puntualizaciones. No trato de convertir al profesorado en una figura intocable ni de impedir que las familias puedan preguntar, discrepar o exigir explicaciones. Todo lo contrario. Una educación de calidad necesita familias implicadas, interesadas y preocupadas por el aprendizaje y el bienestar de sus hijos. Los padres y madres tenemos derecho a conocer qué se enseña, cómo se enseña y por qué se toman determinadas decisiones. Y los docentes tenemos la obligación de explicar y justificar nuestro trabajo, la programación y las medidas que adoptamos, especialmente cuando un alumno presenta dificultades o necesita una respuesta educativa adaptada a sus necesidades y a su nivel competencial.
Pero una cosa es exigir explicaciones y otra muy diferente es pretender sustituir el criterio profesional del docente. Y esto lo he vivido yo a lo largo de mis años de docente y de cargo directivo. En más de una ocasión, algunas familias llegan a los centros educativos con la convicción de saber cómo debe educarse a sus hijos, qué metodología debe utilizarse, qué decisiones debe tomar el profesor e incluso cómo debe evaluarse. Opiniones que no siempre están respaldadas por conocimientos pedagógicos o profesionales. Y cuando esa discrepancia se convierte en imposición, descalificación, insulto o amenaza, estamos traspasando una línea que jamás debería cruzarse.
Porque el docente es un profesional que ha estudiado, se ha formado, ha preparado sus clases y ha dedicado buena parte de su vida a educar. Cuestionar una decisión profesional puede ser válido, y a veces necesario, pero cuestionar permanentemente la profesionalidad de quien la toma, no. Y eso es lo que está ocurriendo desafortunadamente.
Y mucho menos podemos aceptar que un maestro o una profesora tenga que acudir cada mañana a su centro con el temor de ser insultado, amenazado o agredido. La violencia, sea verbal o física, nunca puede formar parte de la relación entre las familias y los profesionales de la educación. Defender al alumnado también significa defender a quienes trabajan diariamente para educarlo.
Por eso resulta imprescindible recuperar la dignidad de la profesión docente. Y esa dignidad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de los equipos directivos, de las administraciones educativas o de la labor que puedan desarrollar los sindicatos.
Hace tiempo que reivindico la creación de una figura del Defensor del Docente, independiente y con capacidad real para acompañar, asesorar y proteger al profesorado cuando sufre situaciones de acoso, amenazas, agresiones o cuestionamientos injustificados de su labor profesional. No basta con protocolos que muchas veces se quedan en el papel. El docente necesita saber que, cuando surge un conflicto, alguien estará ahí para defender sus derechos. Y no hablo de asesoramiento de apoyo a la escuela que para eso está la inspección educativa.
La UNESCO nos recuerda este 5 de octubre que proteger la profesión docente es una necesidad. Y quizá el primer paso sea recuperar algo que nunca debimos perder, la confianza en quien está al otro lado de la mesa del aula.
Las familias tienen derecho a exigir. Los docentes tienen derecho a explicar. Pero ambos tienen el deber de respetarse. Porque educar es una responsabilidad compartida. Y para que un maestro pueda enseñar, para que pueda corregir, orientar, exigir y también equivocarse, necesita que la sociedad vuelva a confiar en él, que se respete su autoridad profesional y, sencillamente, que se le deje trabajar.
domingo, 4 de octubre de 2026
¡Adiós Maxi!
Tamaraceite despedirá este próximo lunes a las 7 de la tarde en la parroquia de San Antonio Abad a Maximino González, periodista, hombre de radio, artista, viajero, futbolista y, sobre todo, un vecino profundamente comprometido con la historia y la memoria de nuestro barrio. Un hombre cuya trayectoria estuvo marcada por la inquietud, la libertad y una permanente necesidad de contar y escuchar.
Maxi perteneció a una generación de jóvenes que durante los años sesenta y setenta participó activamente en la vida cultural de Tamaraceite. El teatro, la música, el deporte y la radio fueron algunos de los espacios en los que desarrolló aquella inquietud. Vinculado a iniciativas teatrales del barrio, llegó a dirigir la representación “A dos barajas”, y también dejó su huella en la música popular con la composición de una canción dedicada a su barrio: “Ay, barrio La Montañeta”.
El fútbol fue otra de sus pasiones. Fue uno de los primeros jugadores de la UD Tamaraceite, allá por finales de los años sesenta, cuando el club comenzaba a escribir una historia que con el paso del tiempo se convertiría en una de las señas de identidad del barrio.
Pero si existe una faceta especialmente vinculada a su relación con Tamaraceite fue la radio. Maxi quería dignificar el lugar donde nació. En los años 90, Tamaraceite no vivía sus mejores momentos, pero él decía que la historia de este pueblo, ahora barrio merecía ser contada y recordada no por la droga y la delincuencia sino por las historias de superación de sus vecinos. Desde la radio del barrio realizó programas destinados a recuperar las voces, los recuerdos y las imágenes del Tamaraceite de la posguerra. Aquellas emisiones fueron mucho más que programas radiofónicos. Fueron una forma de conservar la memoria oral de un barrio que estaba cambiando rápidamente. Entrevistó a vecinos, recuperó testimonios y puso voz a una generación cuyos recuerdos corrían el riesgo de desaparecer.
Este trabajo en la radio fue también uno de los puntos de partida de otros proyectos dedicados a recuperar la memoria de Tamaraceite. Entre ellos, un libro que publiqué en 2001 “Tamaraceite. Recordar es volver a vivir”, publicado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Maxi realizó el prólogo de este libro, estableciendo así un vínculo especial con una obra que pretendía precisamente rescatar fotografías, historias y testimonios de aquel Tamaraceite que ya comenzaba a desaparecer.
En 1997 fue además el pregonero de las fiestas de Tamaraceite. Aquel pregón constituye hoy un valioso documento sobre la identidad del barrio y sobre la propia personalidad de su autor. En él recordó las fiestas, la plaza, el teatro, los juegos, las relaciones entre vecinos y aquellos espacios de encuentro que habían marcado su juventud. También habló de su propio carácter y de aquel “espíritu de la bohemia” que parecía acompañarlo allá donde iba.
Porque Maxi fue, ante todo, un espíritu libre. El periodismo y la radio le llevaron a recorrer diferentes lugares del mundo. A comienzos de los 90 regresó a Canarias y volvió a desarrollar su pasión por la comunicación, dirigiendo varias emisoras de radio entre ellas Canal Telde. Sin embargo, allá donde estuvo mantuvo siempre una característica que lo acompañó durante toda su vida: su capacidad para implicarse con las personas y con los lugares en los que desarrollaba sus proyectos.
Años después volvió a colaborar en otro de mis proyectos relacionado con la historia del barrio: “Tamaraceite, pasión por el fútbol”, publicado por la Fundación de la UD Las Palmas. Sus recuerdos como uno de los primeros jugadores del club me aportó mucho material para contar la historia del fútbol en Tamaraceite.
Con su fallecimiento a los 78 años y con muchas cosas que contar aún, desaparece una de esas voces que ayudaron a contar la historia de Tamaraceite desde dentro. Pero queda su legado: sus programas de radio, sus recuerdos, su pregón, sus experiencias, su participación en la cultura y el deporte y su colaboración en publicaciones que hoy permiten conocer mejor el Tamaraceite de ayer.
Maximino González no solo vivió la historia de Tamaraceite. También se preocupó de contarla y conservarla. Y quienes ayudan a un pueblo a recordar terminan formando parte, inevitablemente, de su propia memoria. Su voz se ha apagado, pero las historias que ayudó a recuperar permanecen. No te olvidaremos Maxi y solo espero ver algún día alguna de esas calles de tu Tamaraceite, por las que paseaste, llevar tu nombre. DEP.
lunes, 28 de septiembre de 2026
La última noche de mi vieja radio
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay despedidas que pasan desapercibidas para la mayoría de los mortales. No ocupan titulares, no generan debates ni provocan manifestaciones. Sin embargo, para quien las vive, representan el final de una época. Estos días me ha tocado decir adiós a una vieja compañera de viaje: mi radio de onda media.
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| La vieja radio de mi padre |
lámparas Philips A3 25926 que mi padre le regaló a mi madre siendo novios. A través de ella me vienen programas como “La Ronda”, “Radio Gaceta de los deportes” o incluso escuchar la radio clandestina que venía de África en tiempos de Cubillo. La radio de antes unía en torno al receptor a las familias y a los vecinos como en la hora de la radionovela de mediodía, donde se hacía un parón para escucharla.
lunes, 21 de septiembre de 2026
Saber ganar, saber perder...
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
sábado, 19 de septiembre de 2026
"Tamaraceite pasión por el fútbol" ya se puede descargar desde la página Mdc de la ULPGC
Tamaraceite, pasión por el fútbol ya se puede consultar y descargar a través de la página de la Biblioteca de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria ULPGC, Memoria digital de Canarias (mdC), un portal del patrimonio documental canario que proporciona acceso a todo tipo de documentación de o sobre Canarias, mostrando siempre los documentos completos, libre y gratuitamente, en forma facsímil. La historia de nuestro fútbol en Tamaraceite y los orígenes de la UD Tamaraceite https://mdc.ulpgc.es/s/mdcte/item/473388
lunes, 14 de septiembre de 2026
Haz un gran favor y tendrás un justo castigo
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay frases que, por sencillas que parezcan, esconden sabiduría popular. Son frases que no necesitan largas explicaciones porque el día a día termina dándoles sentido. Una de ellas, que quienes me conocen saben que llevo grabada a fuego, me la enseñó hace muchos años mi buen amigo y compañero de profesión, Carmelo Afonso: «Haz un gran favor y tendrás un justo castigo».
Esta afirmación que puede parecer pesimista o incluso injusta, sin embargo, basta con observar la realidad para comprender que la frase no pretende desanimarnos a ayudar a los demás, sino advertirnos de una condición muy humana: cuando un favor extraordinario se convierte en costumbre, deja de percibirse como un gesto generoso para transformarse en una obligación. Y cuando un día no podemos o no queremos repetirlo, aparece la decepción, la crítica o el reproche. Y a la vez, si un día hacemos algo por ayudar a los demás saltándonos las “reglas del juego”, aunque no lo hagamos con malas intenciones, incluso con buenas, se te puede “virar la tortilla” y puedes salir “quemado”.
Esta reflexión puede trasladarse prácticamente a todos los ámbitos de nuestra vida. En la familia ocurre con frecuencia. Los padres, movidos por el amor incondicional hacia sus hijos, intentan facilitarles el camino, resolverles los problemas o evitarles frustraciones. Sin embargo, cuando todo se les da hecho, el esfuerzo deja de valorarse y la ayuda acaba siendo interpretada como un derecho adquirido. Y voy más allá, el día que se pone un límite, quienes siempre recibieron apoyo pueden sentir que se les está fallando. Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos ofrecer a nuestros hijos sea precisamente ayudarles pero sin hacérselo, acompañarles sin impedir que aprendan a caminar solos.
En el ámbito educativo esta realidad resulta especialmente evidente. Los docentes solemos ir mucho más allá de lo que marca nuestro horario o nuestras obligaciones. Dedicamos muchas horas fuera de nuestro horario laboral, buscamos recursos, atendemos a las familias, escuchamos problemas personales y procuramos que ningún alumno quede atrás. Lo hacemos porque creemos en nuestra profesión y porque entendemos la educación como una vocación. Sin embargo, en muchas ocasiones ese esfuerzo adicional pasa inadvertido, mientras que un pequeño error o la imposibilidad de atender una nueva petición recibe todas las críticas. Lo extraordinario se normaliza con rapidez; la ausencia, en cambio, se magnifica.
También sucede entre compañeros de trabajo. Quien siempre está dispuesto a resolver problemas, cubrir ausencias o asumir responsabilidades termina siendo, muchas veces, la primera persona a la que se recurre una y otra vez. El riesgo aparece cuando esa disponibilidad permanente genera expectativas imposibles de mantener. Entonces, el reconocimiento desaparece y el agradecimiento deja paso a la exigencia y a la crítica.
Y qué decir del ámbito social o político. La memoria colectiva suele ser muy corta. Grandes decisiones, importantes sacrificios o años de entrega quedan fácilmente eclipsados por un único error o por una decisión impopular. Parece que la gratitud tiene menos recorrido que la crítica.
En este punto nos convendría recordar a Séneca. En su tratado De beneficiis, el filósofo afirmaba que quien hace un favor no debe convertirlo en una moneda de cambio ni esperar una recompensa proporcional, porque el verdadero beneficio encuentra su satisfacción en el propio acto de hacer el bien. Sin embargo, también advertía de que la ingratitud es uno de los defectos más frecuentes del ser humano. El favor deja de apreciarse cuando se convierte en costumbre y, entonces, quien siempre dio termina siendo juzgado no por todo lo que hizo, sino por aquello que un día dejó de hacer. Es una enseñanza que, dos mil años después, continúa teniendo una sorprendente actualidad.
Quizá la mejor interpretación de aquella frase que me enseñó mi amigo Carmelo Afonso sea entender que los favores no deben hacerse esperando reconocimiento. Y que pensemos que a veces hacer un favor en cualquier ámbito de la vida, puede no ser lo mejor, y se te puede volver en contra. La recompensa de obrar bien no siempre llega en forma de agradecimiento, muchas veces reside simplemente en la tranquilidad de haber actuado conforme a nuestros principios. Porque, al final, quien ayuda por convicción nunca pierde, aunque en ocasiones se reciba ese "justo castigo" del que habla la frase.
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Comenzar el curso pensando en los más pequeños
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
miércoles, 2 de septiembre de 2026
Un paseo por Tamaraceite
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Miles de personas han llegado en los últimos años a vivir a este rincón de la ciudad atraídas por las nuevas urbanizaciones, las áreas comerciales y los servicios que ofrece una ciudad en constante crecimiento. Muchos conocen sus grandes avenidas, sus zonas comerciales, sus modernas promociones de viviendas e incluso los atascos. Sin embargo, pocos saben que bajo ese paisaje urbano se esconde uno de los lugares con mayor peso histórico de Gran Canaria.
Tamaraceite no nació como un barrio. Mucho antes de la conquista castellana fue uno de los antiguos cantones aborígenes de la isla, el denominado Tamarazeyte, gobernado, según narra José de Viera y Clavijo, por el guanarteme Adeun. Era un territorio fértil, rico en agua, agricultura y ganadería, donde los antiguos canarios encontraron un lugar privilegiado para asentarse. Las numerosas cuevas de La Montañeta, muchas de ellas todavía habitadas, son el mejor testimonio de aquella continuidad histórica que une a los antiguos pobladores con generaciones de vecinos.
Tras la conquista, Tamaraceite continuó siendo un enclave estratégico. Durante siglos fue una tierra agrícola porexcelencia, cubierta de palmeras, dragos, estanques y extensas fincas donde prosperaban cereales, hortalizas y frutales. Llegó a convertirse en el núcleo más poblado del desaparecido Ayuntamiento de San Lorenzo, auténtico motor económico y social de toda la comarca. Su historia no puede estudiarse sin el agua, sin las plataneras, sin los estanques, sin sus caminos reales y sin el esfuerzo de tantas familias que hicieron de este valle un ejemplo de trabajo y prosperidad.
Por eso, quien llega hoy a Tamaraceite debería dedicar, al menos una mañana a recorrer su casco histórico. Basta entrar en la iglesia de San Antonio Abad para descubrir una auténtica joya artística: el impresionante mural del pintor, nacido en Tamaraceite, Jesús Arencibia, una obra que convierte el presbiterio en una auténtica catequesis visual y que sorprende a cuantos la contemplan por primera vez. Artista de reconocido prestigio que podemos disfrutar de su obra en otros murales de la ciudad.
No podemos dejarnos atrás la vieja ermita de La Mayordomía del S XVII, hoy enterrada bajo los puentes de la circunvalación. Actualmente propiedad de la parroquia de San Antonio Abad, está situada aproximadamente a un kilómetro de la iglesia parroquial y a pocos metros de Las Perreras y La Guillena. Probablemente había antes un oratorio-cementerio para uso de los primeros dueños de la finca. Los mayordomos vivían en las casas cercanas que están en ruinas (de ahí proviene el nombre de mayordomía).
En la Carretera General, donde en otro tiempo la gente salía a pasear y a “ennoviar” los sábados y domingos a la salida de misa o del Cine Galdós, permanece la antigua Casa Consistorial del Ayuntamiento de San Lorenzo, hoy Casa de la Cultura, testigo de una época en la que Tamaraceite era centro administrativo de un amplio municipio. Caminar por la Carretera General permite descubrir viviendas tradicionales, antiguas casonas y rincones que todavía conservan la esencia de aquel pueblo que creció alrededor del camino real aunque hoy en día parezca más un barrio abandonado.
El paseo puede continuar hacia La Montañeta, donde las casas cueva siguen recordando la adaptación del ser humano al paisaje volcánico. Son viviendas humildes, pero cargadas de historias, que forman parte del patrimonio etnográfico de Gran Canaria y nos hablan de otra forma de entender la vida.
Y si el visitante desea encontrarse con la naturaleza, pocas rutas resultan tan sugerentes como el Camino Viejo de San Lorenzo. Este antiguo sendero conecta Tamaraceite con el histórico pueblo vecino atravesando uno de los espacios ambientales más valiosos del municipio: las Charcas de San Lorenzo, refugio de numerosas especies de aves y uno de esos lugares donde todavía es posible detener el reloj y escuchar únicamente el sonido del agua y del viento a pesar del abandono por parte de las instituciones.
Conocer Tamaraceite es comprender que la historia de un pueblo no desaparece porque cambien sus edificios o aumente su población. La historia permanece mientras haya personas dispuestas a contarla y otras con ganas de escucharla.
Por eso, esta invitación va dirigida especialmente a quienes han elegido Tamaraceite para construir su hogar. Descubrir el barrio donde vivimos también es una forma de quererlo. Pasear por sus calles con otros ojos, conocer quiénes caminaron antes por ellas y entender el valor de su patrimonio nos ayuda a sentirnos parte de una comunidad y no simples habitantes de un lugar.
Porque Tamaraceite no es únicamente un barrio de Las Palmas de Gran Canaria. Es un antiguo cantón aborigen, un pueblo agrícola que alimentó a generaciones de grancanarios, el corazón del viejo municipio de San Lorenzo y un espacio donde cada calle, cada edificio y cada lugar conservan fragmentos de una historia que merece seguir siendo contada.
Quizá solo haga falta eso: salir a caminar. Dar un paseo por Tamaraceite y dejar que sea el propio pueblo quien nos revele, paso a paso, la riqueza de su pasado y las razones para seguir construyendo con orgullo su futuro.
martes, 1 de septiembre de 2026
Una imagen del reboso de Maspalomas portada de La Provincia
lunes, 31 de agosto de 2026
Sesenta años de una pasión llamada UD Tamaraceite
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
La Unión Deportiva Tamaraceite cumple sesenta años y lo hace regresando a la Segunda RFEF. No es solo un ascenso más, es la confirmación de que aquel club nacido en las calles de un pueblo de Gran Canaria, ahora barrio, humilde, sigue emocionando igual que hace seis décadas.
Y qué bonito que este 60 aniversario coincida con el regreso del club a la 2ª RFEF, una categoría que vuelve a situar al Tamaraceite entre los equipos importantes del fútbol canario. Pero sería un error pensar que este ascenso es únicamente un éxito deportivo. Y lo voy a explicar a continuación.
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| Formación de la UD tamaraceite de los años 60 |
anterior. Surge del barrio, de la calle, de aquellos chicos que jugaban descalzos en los estanques de Las Cañas, Machado o Hoya Ayala, donde cualquier terreno llano servía de campo de fútbol. Surge de los torneos en el Llano de Juanito Amador, donde acudía todo el pueblo, y donde el balón era la gran fiesta de un Tamaraceite que todavía tenía la sangre de pueblo agrícola, rodeado de plataneras.
Quienes crecieron aquí saben que el fútbol fue, durante décadas, algo más que un entretenimiento. Fue un punto de encuentro en un barrio que carecía de muchas cosas: agua, luz, alcantarillado, infraestructuras. Mientras las administraciones llegaban tarde o no llegaban, la gente se organizaba. Y en medio de aquellas dificultades, el Tamaraceite se convirtió en un espacio de unión, de pertenencia y de esperanza.
Por eso, cuando hoy celebramos 60 años de historia, debemos recordar a los que pusieron la primera piedra sin esperar nada a cambio. A José Tejera, Lorenzo Medina, Folito, Guerrita, Prudencito, Pepe Julio, a tantos directivos, entrenadores y vecinos que trabajaron por el club cuando no había recursos ni comodidades. Debemos recordar también a los jugadores que llevaron el nombre de Tamaraceite por los campos de Gran Canaria y a figuras eternas como Juanito Guedes, cuyo nombre no solo da identidad a nuestro campo, sino que representa el sueño de todo niño del barrio que alguna vez quiso llegar lejos en el fútbol.
El Tamaraceite vivió épocas de gloria y épocas de oscuridad. Ascensos, descensos, campos llenos, dificultades económicas e incluso la desaparición. Hubo momentos en los que parecía que todo había terminado. Pero los clubes que nacen del corazón de un barrio no mueren fácilmente. Permanecen en la memoria de la gente, en las conversaciones de los mayores, en las fotos guardadas en los roperos y en el orgullo de tantos y tantos que nunca dejaron de sentirse blanquiazules.
Por ello, creo que hay una figura que merece un reconocimiento especial en este 60 aniversario: Héctor Ramírez. Fue cocinero antes que fraile, o lo que es lo mismo, fue jugador del Tamaraceite y ahora es su presidente. Un presidente que ha hecho historia en el club llevándolo a lo más alto.
Su trabajo al frente de la UD Tamaraceite ha traspasado la gestión deportiva ya que ha sido sido una labor de reconstrucción social y emocional. Junto a su familia, sobre todo su hermano Miguel Ángel Ramírez, presidente de la UD Las Palmas, entendió que recuperar el Tamaraceite no consistía solo en competir, sino en devolverle al barrio una parte de su identidad.
La escuelita de fútbol del Tamaraceite es, probablemente, una de las obras más importantes que se están realizando hoy en Tamaraceite. Porque cada niño que entrena en el Juan Guedes está siendo parte de su historia. Está aprendiendo disciplina, compañerismo, respeto y esfuerzo. Está ocupando su tiempo en un entorno sano y educativo. Y eso, en un barrio que ha crecido muchísimo en población pero que sigue necesitando más espacios y oportunidades para su juventud, tiene un valor incalculable.
A veces hablamos de los ascensos como si fueran solo cuestión de goles y clasificaciones. Pero el verdadero ascenso del Tamaraceite comenzó el día en que decidió volver a ser útil para su gente.
El regreso a la 2ª RFEF es motivo de orgullo, sí. Pero el mayor orgullo no está únicamente en la categoría. Está en ver el Juan Guedes lleno de niños con la camiseta blanquiazul. Está en escuchar a los mayores contar cómo ayudaron a construir el campo. Está en sentir que, después de 60 años, el Tamaraceite sigue siendo reconocible.
Porque hay clubes que representan una ciudad. Otros representan una empresa o una institución. La UD Tamaraceite representa un barrio y a su gente.
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| Porteño |
encontraron aquí un pueblo de acogida. Representa a las madres que llevaban a sus hijos a entrenar, a los vecinos que pasaban la bolsa para ayudar al equipo, a los que viajaban en camionetas o furgonetas para jugar un partido fuera de casa, a los que celebraban una victoria como si fuera un triunfo de todo el pueblo.
Por eso, este 60 aniversario no es una mirada al pasado sino al futuro. Que el Tamaraceite siga creciendo, sí. Que siga ascendiendo, también. Pero, sobre todo, que nunca pierda aquello que lo hizo grande desde el primer día, haber nacido de la calle, del esfuerzo de los que empezaron y ya no están y de los que emplean su tiempo, quitándoselo a su familia y gastando su propio dinero. Pero sobre todo del inmenso orgullo de ser de Tamaraceite. ¡Vamos Tamaraceite!
domingo, 23 de agosto de 2026
Las Charcas de San Lorenzo siguen esperando
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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay paisajes que desaparecen de golpe, víctimas del cemento, de una carretera o de una gran urbanización. Y hay otros que mueren lentamente, casi en silencio, ante la indiferencia de quienes tienen la obligación de protegerlos. Las Charcas de San Lorenzo pertenecen, desgraciadamente, a este segundo grupo. Su deterioro no es debido únicamente al paso del tiempo o al abandono de algunos ciudadanos, es también consecuencia de una dejadez institucional prolongada que ha convertido uno de los espacios naturales y etnográficos más singulares de Tamaraceite y San Lorenzo en un lugar de enormes contrastes.
Hablar hoy de la conservación de Las Charcas es hablar inevitablemente de personas que dedicaron buena parte de su vida a defender aquello que muchos consideraban perdido. Es recordar a Paco González Tejera, impulsor de esta causa junto al colectivo ecologista Atamarazayt y posteriormente uno de los promotores de la Plataforma Salvar las Charcas de San Lorenzo. Una lucha que nunca se limitó a las pancartas o a las concentraciones, sino que llegó incluso a los tribunales y a la Fiscalía Anticorrupción para denunciar movimientos especulativos que amenazaban con transformar este entorno en un gran campo de golf acompañado de una exclusiva urbanización de chalets. Aquella batalla ciudadana consiguió frenar este atentado y colocar este paisaje en el debate público, demostrando que la defensa del territorio también es una forma de compromiso democrático.
hoy encontramos en este espacio sigan siendo tan contradictorias. Basta detenerse unos minutos junto a los estanques de barro para disfrutar de uno de los espectáculos más hermosos que nos regala la naturaleza. El vuelo elegante de los tarros canelos o las cigüeñelas, la presencia de garzas, el canto de las aves y la tranquilidad con la que numerosas especies utilizan este humedal convierten el lugar en un pequeño oasis dentro de una ciudad que crece a pesar del ser humano. Las propuestas presentadas a lo largo de estos años para su recuperación recuerdan precisamente el extraordinario valor ornitológico, agrícola, paisajístico y educativo de este enclave, planteando su transformación en un verdadero Parque Agroambiental abierto a toda la ciudadanía.
Pero conviviendo con la naturaleza observamos vertidos incontrolados, escombros, basura acumulada, caminos degradados y un patrimonio hidráulico que se deteriora año tras año. Las acequias, cantoneras, estanques y antiguos elementos agrícolas que cuentan la historia de este territorio permanecen expuestos al vandalismo y al abandono. No hablamos únicamente de proteger unos estanques, hablamos de conservar la memoria de un paisaje construido durante siglos por agricultores y ganaderos y de evitar que desaparezca una parte fundamental de la identidad de San Lorenzo y Tamaraceite.
A esta recuperación debemos unir necesariamente el Camino Viejo de San Lorenzo. Ese sendero histórico de casi tres kilómetros, que durante generaciones comunicó Tamaraceite con San Lorenzo antes de la existencia de la actual carretera, constituye un patrimonio cultural y natural extraordinario. Hoy podría convertirse en uno de los recorridos peatonales más bellos de Las Palmas de Gran Canaria, uniendo historia, naturaleza, educación y ocio saludable. El proyecto que se ha presentado desde el movimiento vecinal propone limpiarlo, restaurar su vegetación autóctona, recuperar canales de riego, instalar paneles interpretativos y convertirlo en un espacio didáctico para escolares y familias. Esto no es una utopía, es una propuesta concreta, perfectamente definida y pensada para devolver a este lugar la categoría de paisaje protegido.
Quizá lo más frustrante de toda esta historia sea comprobar que las ideas existen. Existen los proyectos técnicos. Existen los colectivos ciudadanos. Existe incluso el consenso político que, en determinados momentos, aprobó por unanimidad iniciativas para dignificar este entorno. Y, sin embargo, la ejecución continúa siendo la gran asignatura pendiente. Y me pregunto por qué resulta tan difícil invertir en conservar aquello que ya tenemos mientras se anuncian constantemente grandes proyectos urbanos que despiertan mucho más interés mediático y político. Una ciudad moderna no es únicamente aquella que inaugura infraestructuras, o que acoge un mundial de fútbol o quiere convertirse en capital europea de la cultura, también es aquella que protege sus paisajes, su biodiversidad y su patrimonio histórico.
Las Charcas de San Lorenzo no necesitan buenas intenciones porque los vecinos estamos desengañados ya. Necesitan voluntad. Necesitan limpieza, vigilancia, restauración ambiental y un compromiso real con el Parque Agroambiental que tantas personas ayudaron a diseñar. Necesitan que el Camino Viejo deje de ser un vertedero encubierto para convertirse en un verdadero corredor verde donde los niños aprendan a reconocer una garza, una palmera o una acequia y comprendan que el desarrollo nunca debería estar enfrentado a la conservación. Porque proteger este paisaje no es mirar hacia el pasado, es decidir qué ciudad queremos dejar a nuestros hijos.
Las Charcas siguen esperando. Y lo verdaderamente imperdonable no sería perderlas por falta de recursos, sino perderlas por falta de interés.
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