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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
La defensa del medio ambiente empieza en lo cercano. Empieza en nuestro barrio, en nuestras plazas, en los parques donde juegan nuestros hijos, en los barrancos que forman parte de nuestra memoria colectiva y en esos espacios naturales que todavía sobreviven rodeados por el crecimiento urbano. No podemos pretender salvar el planeta mientras permanecemos indiferentes ante la degradación de nuestro propio entorno.
En el distrito de Tamaraceite-San Lorenzo-Tenoya existe un ejemplo claro de esa lucha, la defensa de las Las Charcas de San Lorenzo. Un espacio con enorme valor ambiental, paisajístico y social que es más que un enclave natural. Las Charcas son memoria histórica, patrimonio, biodiversidad y equilibrio ecológico. Es uno de los pocos pulmones naturales que aún resisten la presión urbanística y el abandono institucional.
Sin embargo, mientras muchos vecinos y colectivos ciudadanos reclamamos su protección y conservación, seguimos asistiendo a políticas que confunden el verdadero significado de “reverdecer”. Hoy parece que reverdecer consiste en intervenir artificialmente espacios que ya eran naturales, colocando infraestructuras, piedras o elementos ornamentales para vender una imagen de modernidad ecológica. Pero reverdecer no debería ser eso.
El reciente proyecto del lagartario en el barranco de Tamaraceite es un ejemplo de esa contradicción. Se presenta como una actuación para favorecer la biodiversidad cuando, en realidad, el lagarto gigante de Tamaraceite ya habitaba ese entorno mucho antes de cualquier intervención humana. El barranco ya tenía vida. Ya era naturaleza. Y quizá la mejor manera de protegerlo habría sido precisamente dejarlo respirar, conservar su equilibrio y actuar con sensibilidad ambiental, no transformarlo para aparentar una renaturalización que el propio entorno ya poseía.
Además, resulta deberíamos preguntarnos si determinadas actuaciones han tenido en cuenta los riesgos reales del barranco. Si ha habido una evaluación del impacto ambiental de la colocación de estas piedras en el barranco. La colocación de piedras y estructuras en cauces naturales puede generar consecuencias peligrosas si aumenta el caudal en episodios de lluvias intensas, provocando arrastres y posibles colapsos que terminarían afectando a la ciudadanía. La naturaleza tiene su propia dinámica y muchas veces el problema no es la falta de intervención, sino el exceso de ella.
Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente, debemos reivindicar otra manera de entender la sostenibilidad. Reverdecer no es maquillar espacios naturales ya existentes para convertirlos en escaparates políticos. Reverdecer es crear vida donde no la hay; es apostar por más árboles en zonas urbanas, por parques accesibles, por sombra, por aire limpio y por corredores ecológicos que mejoren la calidad de vida de las personas. Y hablando de Tamaraceite, todavía estamos esperando por el Corredor Verde que iba a separar el casco antiguo de la zona comercial y cuyos terrenos a buen seguro serán recalificados para la construcción de viviendas o aparcamientos, dejando en saco roto la única compensación prometida a los vecinos cuando comenzaba Tamaraceite Sur.
Y, sobre todo, reverdecer es proteger aquello que aún conservamos. En este Día del Medio Ambiente no nos olvidemos de Las Charcas de San Lorenzo, uno de los grandes pulmones medioambientales del distrito, un espacio protegido que cada día sufre atentados ecológicos y vertidos incontrolados. Recordemos que solo cuando aprendemos a respetar lo cercano somos verdaderamente capaces de comprender y defender el planeta.
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