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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
«La educación consiste en encender una llama, no en llenar un recipiente» Esta frase de un filósofo griego, me viene al pelo para hablar sobre el proceso de selección de docentes que ha comenzado este fin de semana en Canarias y en otras comunidades españolas, las oposiciones al cuerpo de maestros y profesores. Como tantos compañeros y compañeras, las afronto con respeto y con la convicción de que el acceso a la función pública debe regirse por los principios de igualdad, mérito y capacidad. Sin embargo, desde hace tiempo me acompaña una reflexión: ¿es este el mejor sistema para seleccionar a quienes tendrán la responsabilidad de educar a las futuras generaciones?
No trato de cuestionar el esfuerzo, la dedicación ni el mérito de quienes logran superar estas pruebas. Preparar una oposición exige sacrificio, disciplina y una sólida formación. Pero me pregunto si una profesión tan compleja como la docencia puede quedar valorada, principalmente, por la capacidad para desarrollar un tema y exponer una situación de aprendizaje en un momento concreto.
La enseñanza es algo más que una prueba escrita o una exposición oral. En las aulas, los docentes nos enfrentamos diariamente a problemas que requieren competencias difíciles de medir en unas pocas horas. La empatía para comprender las necesidades del alumnado, la capacidad de motivar y despertar la curiosidad, la gestión de conflictos, la atención a la diversidad, la colaboración con las familias y con el resto del equipo educativo o la disposición para seguir aprendiendo y adaptarse a una sociedad cambiante son aspectos esenciales del desempeño docente.
Por ello, deberíamos preguntarnos si el sistema actual es suficiente para identificar a los mejores profesionales. Quizá sería conveniente complementarlo con mecanismos que permitieran valorar de forma más integral la práctica educativa como períodos de prácticas más amplios y evaluables, observación en contextos reales, trabajo colaborativo o la capacidad para establecer relaciones humanas y generar entornos de aprendizaje significativos.
Con esto no estoy haciendo una crítica a las oposiciones en sí mismas, sino una invitación a reflexionar sobre si aquello que evaluamos coincide realmente con aquello que después exigimos a un docente en su día a día. Porque enseñar no es solo transmitir conocimientos, sino acompañar, orientar y contribuir al desarrollo de personas.
Si, como afirmaba el filósofo, educar es «encender una llama» y no simplemente «llenar un recipiente», quizá deberíamos darle una vuelta a todo esto y poder estudiar sistemas de acceso de otros países y, juntos, docentes, administración, sindicatos y familias, llegar a un marco común que pueda acercarse más al perfil que necesitamos en las escuelas del Siglo XXI.
La docencia es una profesión en la que no basta con saber, hay que saber enseñar, saber acompañar y saber seguir aprendiendo. Porque si educar es encender una llama, y requiere el ejemplo y la práctica, tal vez convenga preguntarnos si un proceso selectivo basado casi exclusivamente en la exposición de conocimientos es suficiente para descubrir a quienes están llamados a desempeñar una de las tareas más trascendentes de cualquier sociedad. Ahí lo dejo.
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