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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Canarias, territorio muy sensible a la migración desde época histórica, se ha convertido en una de las principales puertas de entrada de emigrantes hacia Europa. Detrás de cada cayuco que llega a nuestras costas hay rostros, nombres, historias rotas por la pobreza, la violencia o la desesperanza. Con el paso del tiempo, el impacto de este fenómeno ha ido calando en la sociedad canaria, generando solidaridad, pero también miedo, desgaste y sensación de abandono institucional. La presencia del Papa supone un acto de cercanía por parte de la Iglesia, una manera de decirnos que nuestra realidad sí importa y que no estamos solos.
La Iglesia puede y debe jugar un papel clave ante el drama migratorio que sufre Canarias. No solo como altavoz que denuncia la injusticia de un sistema que ha convertido, a los ojos de todos el Atlántico, en el mayor cementerio de Europa, sino también como espacio de acogida y mediación. Muchas parroquias, Cáritas, asociaciones y comunidades religiosas están sosteniendo, en silencio, una labor inmensa de ayuda humanitaria, acompañamiento y defensa de los derechos humanos. La visita del Papa es una manera de reforzar y visibilizar este trabajo, dándole mayor fuerza moral y social.
Pero más allá de la ayuda material, la Iglesia tiene la capacidad de humanizar el debate migratorio. En tiempos en los que el discurso político se polariza y el migrante se reduce a cifras o problemas, el mensaje evangélico se centra en las personas. La presencia del Papa en Canarias es una llamada directa a Europa y al mundo a mirar la migración no como una amenaza, sino como una realidad de este siglo que exige corresponsabilidad, justicia y sobre todo, mucha humanidad.
Para el pueblo canario, esta visita es un gesto de esperanza, donde se reconozca el esfuerzo de una tierra que acoge, aun cuando sus recursos son limitados. Que el Papa pise nuestras islas es, en el fondo, una invitación a no endurecer el corazón, a seguir tendiendo la mano sin perder la exigencia de soluciones políticas justas y duraderas.
Los canarios esperamos esta visita con gran alegría, ya que la Iglesia y su máximo representante en la Tierra, es un faro que alumbra en medio de esta crisis migratoria global. Y quizás eso sea lo más importante de esta primera visita papal a Canarias, recordarnos que la fe, cuando se hace compromiso, se convierte en esperanza.
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