sábado, 14 de febrero de 2026

La pérdida del compromiso social

 

Por Esteban G. Santana Cabrera  

En los últimos años estamos inmersos en una evidente falta de implicación social. Cada vez cuesta más encontrar personas dispuestas a comprometerse con asociaciones vecinales, culturales o solidarias, y también es menos habitual ver gestos de ayuda y colaboración entre vecinos. Parece que la colaboración desinteresada ha ido dejando paso a un individualismo en el que solo se participa cuando existe un beneficio personal claro. Este cambio de mentalidad no ha sido algo repentino, sino que paulatinamente lo estamos viendo a nuestro alrededor, y no tenemos que irnos muy lejos.

No hace muchos años, nos encontrábamos una realidad muy distinta. Hubo un tiempo en el que la vida en el pueblo o en el barrio era un pilar fundamental del día a día. Los vecinos se ayudaban mutuamente para construir sus casas, reparar averías o afrontar tareas que requerían muchas manos. La solidaridad era espontanea, desde la cercanía y el conocimiento mutuo. Bastaba saber que alguien lo necesitaba para acudir en su ayuda.

Recuerdo, por ejemplo, a mi tío en la época de la recogida de papas. Durante esos días se reunía un rancho de gente para trabajar en el trozo de cercado que le dejaba Don Sixto Henríquez en los alrededores de Tamaraceite, cuando estábamos rodeados de grandes fincas de plataneras y de frutales. Al finalizar la cosecha, mi tío regalaba uno o dos sacos de papas a quienes habían colaborado, no como pago, sino como gesto de agradecimiento y apoyo para que tuvieran alimento durante meses. Y eso sí, todavía tengo el olor de aquellos pucheros con que les brindaban a mediodía para coger fuerzas y terminar con lo que quedaba. Nadie llevaba la cuenta exacta de lo que te daban, lo importante era ayudar al vecino y más tarde que pronto se presentaría otra ocasión para que fuera a la inversa.

Mi abuela, que era la partera, nunca cobró por asistir a una mujer en el alumbramiento. Siempre lo hacía de manera desinteresada. La gente le recompensaba con lo poco que podía ofrecer, una gallina, huevos, unas lechugas del cercado o lo que tuvieran a mano. Todo era agradecer al vecino su buena acción. 

Hoy, en cambio, ese espíritu parece diluirse. Una de las posibles causas de este cambio puede encontrarse en los avances tecnológicos y, especialmente, en el auge de la televisión. La multiplicación de canales y la proliferación de “programas basura” han transformado la forma en que muchas personas ocupan su tiempo libre. Frente a la participación activa en la vida social, se impone el consumo pasivo de contenidos que entretienen, pero no enriquecen ni fomentan el pensamiento crítico, y lo que es peor, aislan.

Estos programas, diseñados para captar la atención de forma constante, “emboban” a la audiencia y la mantienen pegada a la pantalla durante horas. El resultado es un aislamiento progresivo, menos conversación, menos reflexión y menos implicación en lo que ocurre de la puerta para afuera de casa. Los días pasan, mientras la realidad del barrio o de la comunidad de vecinos se vuelve cada vez más lejana. Ya no conocemos ni a los vecinos del piso de abajo, cuanto menos los del edificio de enfrente.

Con esto, no trato de ir en contra de la tecnología ni de la televisión, que también ofrece herramientas valiosas para conectar y organizar a las personas, sino de cuestionar el uso que hacemos de ella. Tal vez sea el momento de recuperar parte de aquel espíritu solidario, de mirar más al vecino y menos a la pantalla, y de recordar que una sociedad no se construye desde el sillón, sino desde la participación, la empatía y el compromiso.

Por ello, creo que ahora más que nunca esta sociedad necesita de gente con valores, que se implique por ayudar y cooperar por un barrio mejor, por una ciudad mejor. Todavía estamos a tiempo. 

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