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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Y todo comienza el Día después de Reyes, que hoy en día suele amanecer con las calles en silencio, los juguetes desparramados por el suelo y una mezcla extraña de satisfacción y cansancio. Pero de pronto, cuando se apagan las luces, se guardan los adornos y, casi sin darnos cuenta, comienza la famosa cuesta de enero. Una cuesta que, en muchos casos, no es fruto del azar ni de una mala racha, sino de decisiones tomadas con más emoción que reflexión.
Durante semanas nos hemos subido al tren del consumismo. Comprar, regalar, celebrar. Como si la felicidad tuviera un precio fijo y como si el cariño se midiera en paquetes envueltos con papel brillante. Pocas veces nos detenemos a pensar que todo lo que se compra se paga. No solo con dinero, sino también con tranquilidad.
Después de las sonrisas, de los Reyes Magos, llegan los llantos. La tarjeta que no da más de sí, las cuentas que no cuadran, el agobio al final de mes. Y entonces aparecen los recortes. No en lo superfluo, sino en lo básico. Se aplazan cosas muy importantes, se vive con una ansiedad que va calando poco a poco. El exceso de ayer se convierte en la preocupación de hoy.
Pero esto no es nuevo, pero sí cada vez más normalizado. Hemos aprendido a vivir por encima de nuestras posibilidades y a justificarlo en nombre de la ilusión, de los niños, de la tradición. Sin embargo, educar en la ilusión no debería significar educar en el despilfarro, ni confundir amor con consumo.
Tal vez ha llegado el momento de hacer una pausa. De recuperar el pensamiento crítico y la cordura. De recordar ese consejo tan sencillo y tan olvidado: “no echarse a la boca más de lo que uno puede comer”. Porque cuando lo hacemos, las consecuencias no tardan en llegar, y no solo se reflejan en números rojos, sino también en el desgaste emocional, la culpa y la frustración.
Celebrar no debería hipotecar el futuro. Vivir con sentido común no quita alegría, la protege. Y quizá la mejor lección que podemos dejar después de Reyes no esté en lo que regalamos, sino en cómo aprendemos a vivir dentro de nuestras posibilidades, con menos exceso y más conciencia. Porque aquellos regalos que más llegan son los que perduran en el tiempo, y desgraciadamente nunca son cosas que se pagan con dinero.
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