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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Los jóvenes de hoy en día emplean un modo de hablar que a los “mayores” nos resulta en algunos casos incomprensible. En mi caso, en más de una ocasión le tengo que decir a mi hija de quince años, que me traduzca expresiones o palabras concretas ya que desconozco su significado. Esto nos lleva a pensar a los adultos que los jóvenes son unos “mal hablados”, pero nada más lejos de esto y les voy a explicar por qué.
Debemos partir de que el lenguaje evoluciona con cada generación. Nosotros, en nuestra juventud, también empleábamos expresiones “diferentes”, aunque no nos acordemos. Nuestras expresiones no son las mismas que las de nuestros padres y menos si la comparamos con las de nuestros abuelos, sobre todo porque la sociedad no es la misma. Lo que nos parece extraño o incomprensible ahora como “fomo, cringe o wtf” es simplemente un reflejo de cómo los jóvenes actuales construyen su mundo y se comunican entre sí. Estas expresiones parecen “jergas” o modismos que a uno le cuesta entender, pero esconden un fenómeno lingüístico y social que se ha dado siempre, solo que hoy lo vemos de forma más acelerada y globalizada.
En lingüística, términos como estos forman parte del argot diario, variedades del lenguaje propias de un grupo social que sirven para comunicar significados concretos entre sus miembros y, al mismo tiempo, para marcar identidad y pertenencia. El argot no es algo únicamente moderno, siempre ha existido entre los jóvenes, en los jóvenes de los años ochenta con expresiones locales propias del barrio lo que ahora se ha intensificado gracias a los medios de comunicación y las redes sociales.
Las palabras que menciona mi hija no surgen por “capricho” o por deterioro del idioma. Tienen funciones claras: fomo (acrónimo de fear of missing out) resume una experiencia psicológica de ansiedad social en pocas sílabas; cringe permite etiquetar situaciones o comportamientos embarazosos en un contexto social digital; wtf es una forma de abreviar una reacción intensa. Este proceso de abreviación responde a necesidades de comunicación rápida, eficiente y compartida.
Las redes sociales no son “culpables” moralmente, pero sí funcionan como vehículos potentes de difusión y evolución lingüística. Antes, una expresión podía quedarse en un grupo o en un barrio. Hoy, con TikTok, Instagram o Youtube una palabra creada por un streamer en Estados Unidos puede «viajar» al mundo entero en cuestión de horas, y ser adoptada por adolescentes de Canarias, Buenos Aires o EEUU. Esta difusión global amplifica la velocidad de cambio lingüístico y hace que los términos se vuelvan obsoletos con más rapidez que en generaciones anteriores.
Lo que está claro es que detrás de estas expresiones hay fenómenos sociales, los jóvenes buscan marcar su identidad generacional, diferenciarse de los adultos y reforzar un sentido de grupo. Eso no es solo jugar con palabras, es crear un código compartido, una cultura simbólica que fortalece vínculos y permite expresarse en contextos que quizá las normas del lenguaje estándar no abarcan plenamente.
¿Influye la música? Sí, sobre todo cuando artistas populares integran estas expresiones en sus letras y así las consolidan en el uso cotidiano. Pero el motor principal sigue siendo la interacción social entre los jóvenes, cómo se reconocen, cómo se entienden y cómo construyen significados con sus iguales.
En definitiva, es importante ver estos cambios no como una “degradación” del castellano, sino como parte de su dinámica natural. El lenguaje es un organismo vivo que se adapta a la sociedad del momento, incorpora nuevas expresiones, transforma y crea una nueva forma de comunicar. Lo que hoy nos puede sonar extraño a los adultos, mañana, a buen seguro, estará integrado en el habla de todos.
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