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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
En la madrugada de
hoy, uno de los estanques de barro del entorno del Paisaje Natural
Protegido de Pino Santo, en las conocidas Charcas de San Lorenzo,
colapsó. Una de las pocas que estaba destinada al almacenamiento de
agua. No se trata solo de una infraestructura hidráulica que ha
cedido al paso del tiempo, es también un símbolo de la desidia
institucional de un entorno natural que lleva demasiado tiempo sin
ser atendida.
Estas charcas, construidas por la mano del
hombre en el siglo XVII, forman parte de un paisaje cultural que
explica cómo Gran Canaria aprendió a gestionar el agua en un
territorio marcado por la escasez. No son simples estanques de barro,
son instalaciones de una inteligencia hidráulica heredada, un
patrimonio que combina historia, ingeniería popular y relación con
el territorio.
Sin embargo, durante años los vecinos
hemos advertido del deterioro progresivo de estas estructuras. La
falta de mantenimiento y la ausencia de una intervención pública
decidida, han permitido que la degradación avance silenciosamente,
hasta que la madrugada de hoy nos ha dado la noticia que muchos
temíamos.
El colapso no solo ha afectado al estanque.
También ha dañado el histórico Camino Viejo de San Lorenzo, uno de
los caminos reales de Gran Canaria que durante siglos ha conectado
Tamaraceite con Teror. Por este camino no solo transitaban mercancías
o agricultores, sino que es un lugar de ocio y tiempo libre para
muchos vecinos del distrito.
Cuando se pierde o se
deteriora un camino real o un estanque, no desaparece solo un camino
o un estanque, se rompe también una parte de nuestra memoria
colectiva. Lo más doloroso de este episodio es que no puede
calificarse de imprevisible. Durante años, colectivos vecinales y
personas comprometidas con el patrimonio hemos insistido en la
necesidad de conservar tanto los estanques y la infraestructura
hidráulica que le rodea, como el camino real, hito histórico de los
pueblos de Tamaraceite y San Lorenzo. Las advertencias estaban ahí.
Las fotografías del deterioro también. Pero entre informes,
promesas y cambios de legislatura, las soluciones nunca llegaron.
La
política suele reaccionar mejor ante la urgencia que ante la
prevención. Y ese es precisamente el problema. El patrimonio
natural, histórico y patrimonial no se conserva con declaraciones de
buenas intenciones ni con visitas institucionales puntuales. Se
conserva con planificación, mantenimiento y compromiso.
Lo
ocurrido hoy en las Charcas de San Lorenzo debería servir como punto
de inflexión. No solo para reparar los daños, sino para asumir una
responsabilidad que va más allá de un simple arreglo puntual. Se
trata de proteger un sistema histórico de gestión del agua y un
camino que forma parte del ADN territorial de Gran Canaria.
Cuando
una infraestructura del siglo XVII colapsa por abandono en pleno
siglo XXI, la pregunta no es solo qué se ha roto. La pregunta es qué
hemos dejado de cuidar como sociedad. Y la respuesta, por desgracia,
lleva años escrita en el barro que hoy se ha venido abajo.
Tal vez convendría
recordar hoy las palabras y el trabajo de personas que dedicaron su
vida a defender el patrimonio de estas islas y de este enclave en
particular como mi amigo Paco González, impulsor de la Plataforma
Salvar Las Charcas de San Lorenzo hace 30 años, quien ha insistido
siempre en que este entorno no es solo una serie de estanques, sino
la huella viva de la sociedad que lo construyó. Los caminos, los
estanques, las acequias o los muros de piedra también cuentan la
historia de Gran Canaria. Cuando permitimos que se deterioren hasta
desaparecer, no solo perdemos una infraestructura antigua, perdemos
una parte de lo que somos. Quizá el colapso de este estanque en las
Charcas de San Lorenzo debería recordarnos que el patrimonio no se
defiende cuando ya se ha derrumbado, sino mucho antes, cuando aún
estamos a tiempo de cuidarlo.
La Provincia
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