lunes, 5 de octubre de 2026

Dejen trabajar a los docentes

 

Por Esteban G. Santana Cabrera 

Cada 5 de octubre, desde 1994, la UNESCO celebra el Día Mundial de las y los Docentes. Una fecha para reconocer a quienes tenemos en nuestras manos una de las tareas más importantes de cualquier sociedad: educar. Pero este año la celebración tiene un significado especial. En 2026 se cumplen sesenta años de la Recomendación de la UNESCO y la Organización Internacional del Trabajo sobre la situación del personal docente, un documento que estableció derechos, responsabilidades y condiciones necesarias para ejercer la profesión con dignidad. Seis décadas después, quizá haya que volver a recordar que al docente hay que respetarlo y dejarlo trabajar.

Si me permiten, y desde mi condición de padre y docente, me gustaría hacer una serie de puntualizaciones. No trato de convertir al profesorado en una figura intocable ni de impedir que las familias puedan preguntar, discrepar o exigir explicaciones. Todo lo contrario. Una educación de calidad necesita familias implicadas, interesadas y preocupadas por el aprendizaje y el bienestar de sus hijos. Los padres y madres tenemos derecho a conocer qué se enseña, cómo se enseña y por qué se toman determinadas decisiones. Y los docentes tenemos la obligación de explicar y justificar nuestro trabajo, la programación y las medidas que adoptamos, especialmente cuando un alumno presenta dificultades o necesita una respuesta educativa adaptada a sus necesidades y a su nivel competencial.

Pero una cosa es exigir explicaciones y otra muy diferente es pretender sustituir el criterio profesional del docente. Y esto lo he vivido yo a lo largo de mis años de docente y de cargo directivo. En más de una ocasión, algunas familias llegan a los centros educativos con la convicción de saber cómo debe educarse a sus hijos, qué metodología debe utilizarse, qué decisiones debe tomar el profesor e incluso cómo debe evaluarse. Opiniones que no siempre están respaldadas por conocimientos pedagógicos o profesionales. Y cuando esa discrepancia se convierte en imposición, descalificación, insulto o amenaza, estamos traspasando una línea que jamás debería cruzarse.

Porque el docente es un profesional que ha estudiado, se ha formado, ha preparado sus clases y ha dedicado buena parte de su vida a educar. Cuestionar una decisión profesional puede ser válido, y a veces necesario, pero cuestionar permanentemente la profesionalidad de quien la toma, no. Y eso es lo que está ocurriendo desafortunadamente.

Y mucho menos podemos aceptar que un maestro o una profesora tenga que acudir cada mañana a su centro con el temor de ser insultado, amenazado o agredido. La violencia, sea verbal o física, nunca puede formar parte de la relación entre las familias y los profesionales de la educación. Defender al alumnado también significa defender a quienes trabajan diariamente para educarlo.

Por eso resulta imprescindible recuperar la dignidad de la profesión docente. Y esa dignidad no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de los equipos directivos, de las administraciones educativas o de la labor que puedan desarrollar los sindicatos.

Hace tiempo que reivindico la creación de una figura del Defensor del Docente, independiente y con capacidad real para acompañar, asesorar y proteger al profesorado cuando sufre situaciones de acoso, amenazas, agresiones o cuestionamientos injustificados de su labor profesional. No basta con protocolos que muchas veces se quedan en el papel. El docente necesita saber que, cuando surge un conflicto, alguien estará ahí para defender sus derechos. Y no hablo de asesoramiento de apoyo a la escuela que para eso está la inspección educativa.

La UNESCO nos recuerda este 5 de octubre que proteger la profesión docente es una necesidad. Y quizá el primer paso sea recuperar algo que nunca debimos perder, la confianza en quien está al otro lado de la mesa del aula.

Las familias tienen derecho a exigir. Los docentes tienen derecho a explicar. Pero ambos tienen el deber de respetarse. Porque educar es una responsabilidad compartida. Y para que un maestro pueda enseñar, para que pueda corregir, orientar, exigir y también equivocarse, necesita que la sociedad vuelva a confiar en él, que se respete su autoridad profesional y, sencillamente, que se le deje trabajar.

domingo, 4 de octubre de 2026

¡Adiós Maxi!

 


Tamaraceite despedirá este próximo lunes  a las 7 de la tarde en la parroquia de San Antonio Abad a Maximino González, periodista, hombre de radio, artista, viajero, futbolista y, sobre todo, un vecino profundamente comprometido con la historia y la memoria de nuestro barrio. Un hombre cuya trayectoria estuvo marcada por la inquietud, la libertad y una permanente necesidad de contar y escuchar.

Maxi perteneció a una generación de jóvenes que durante los años sesenta y setenta participó activamente en la vida cultural de Tamaraceite. El teatro, la música, el deporte y la radio fueron algunos de los espacios en los que desarrolló aquella inquietud. Vinculado a iniciativas teatrales del barrio, llegó a dirigir la representación  “A dos barajas”, y también dejó su huella en la música popular con la composición de una canción dedicada a su barrio: “Ay, barrio La Montañeta”.

El fútbol fue otra de sus pasiones. Fue uno de los primeros jugadores de la UD Tamaraceite, allá por finales de los años sesenta, cuando el club comenzaba a escribir una historia que con el paso del tiempo se convertiría en una de las señas de identidad del barrio.

Pero si existe una faceta especialmente vinculada a su relación con Tamaraceite fue la radio. Maxi quería dignificar el lugar donde nació. En los años 90, Tamaraceite no vivía sus mejores momentos, pero él decía que la historia de este pueblo, ahora barrio merecía ser contada y recordada no por la droga y la delincuencia sino por las historias de superación de sus vecinos. Desde la radio del barrio realizó programas destinados a recuperar las voces, los recuerdos y las imágenes del Tamaraceite de la posguerra. Aquellas emisiones fueron mucho más que programas radiofónicos. Fueron una forma de conservar la memoria oral de un barrio que estaba cambiando rápidamente. Entrevistó a vecinos, recuperó testimonios y puso voz a una generación cuyos recuerdos corrían el riesgo de desaparecer.

Este trabajo en la radio fue también uno de los puntos de partida de otros proyectos dedicados a recuperar la memoria de Tamaraceite. Entre ellos, un libro que publiqué en 2001 “Tamaraceite. Recordar es volver a vivir”, publicado por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. Maxi realizó el prólogo de este libro, estableciendo así un vínculo especial con una obra que pretendía precisamente rescatar fotografías, historias y testimonios de aquel Tamaraceite que ya comenzaba a desaparecer.

En 1997 fue además el pregonero de las fiestas de Tamaraceite. Aquel pregón constituye hoy un valioso documento sobre la identidad del barrio y sobre la propia personalidad de su autor. En él recordó las fiestas, la plaza, el teatro, los juegos, las relaciones entre vecinos y aquellos espacios de encuentro que habían marcado su juventud. También habló de su propio carácter y de aquel “espíritu de la bohemia” que parecía acompañarlo allá donde iba.

Porque Maxi fue, ante todo, un espíritu libre. El periodismo y la radio le llevaron a recorrer diferentes lugares del mundo. A comienzos de los 90 regresó a Canarias y volvió a desarrollar su pasión por la comunicación, dirigiendo varias emisoras de radio entre ellas Canal Telde. Sin embargo, allá donde estuvo mantuvo siempre una característica que lo acompañó durante toda su vida: su capacidad para implicarse con las personas y con los lugares en los que desarrollaba sus proyectos.

Años después volvió a colaborar en otro de mis proyectos relacionado con la historia del barrio: “Tamaraceite, pasión por el fútbol”, publicado por la Fundación de la UD Las Palmas. Sus recuerdos como uno de los primeros jugadores del club me aportó mucho material para contar la historia del fútbol en Tamaraceite.

Con su fallecimiento a los 78 años y con muchas cosas que contar aún, desaparece una de esas voces que ayudaron a contar la historia de Tamaraceite desde dentro. Pero queda su legado: sus programas de radio, sus recuerdos, su pregón, sus experiencias, su participación en la cultura y el deporte y su colaboración en publicaciones que hoy permiten conocer mejor el Tamaraceite de ayer.

Maximino González no solo vivió la historia de Tamaraceite. También se preocupó de contarla y conservarla. Y quienes ayudan a un pueblo a recordar terminan formando parte, inevitablemente, de su propia memoria. Su voz se ha apagado, pero las historias que ayudó a recuperar permanecen. No te olvidaremos Maxi y solo espero ver algún día alguna de esas calles de tu Tamaraceite, por las que paseaste, llevar tu nombre. DEP.

La Provincia

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