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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay una teoría que nació para explicar determinados comportamientos relacionados con la seguridad ciudadana, y que a mi modo de ver es una interesante metáfora para entender nuestra sociedad: la teoría de las “ventanas rotas”.
James Q. Wilson y George L. Kelling la formularon en 1982 a partir de una idea: cuando una ventana rota permanece sin reparar, transmite un mensaje. Alguien puede interpretar que allí nadie se preocupa, que nadie vigila y que las normas pueden incumplirse sin consecuencias. Esta teoría fue posteriormente muy discutida y no hay nada que permita afirmar que el desorden sea, por sí mismo, una causa directa de delincuencia.
En 2008, Kees Keizer, Siegwart Lindenberg y Linda Steg publicaron en Science varios experimentos sobre cómo el desorden puede favorecer otras conductas incívicas. Sus investigaciones observaron que, cuando las personas perciben que una norma ya está siendo incumplida, aumenta la probabilidad de que ellas mismas transgredan otras normas. Es decir, lo que hacen los demás también educa —para bien o para mal—.
Pensemos en nuestras calles. Una papelera llena, una acera deteriorada, una pintada que permanece meses sin limpiarse, muebles abandonados en una esquina o basura arrojada junto a un contenedor generan una sensación de abandono. Y cuando el abandono se normaliza, el siguiente gesto incívico parece menos grave. Esto ocurría en la puerta de mi centro de trabajo, donde había unos contenedores y la gente aprovechaba para tirar de todo. Me costó casi tres años que rodaran los contenedores calle arriba, pero después de ese cambio la puerta del centro y los alrededores eran otro.
Lo vemos también en nuestros barrios. En Tamaraceite, como en tantos otros lugares de Las Palmas de Gran Canaria, conocemos perfectamente esa sensación. Cuando un espacio público está cuidado, limpio, iluminado y habitado por vecinos que sienten que les pertenece, existe una mayor predisposición a conservarlo. Cuando ocurre lo contrario, aparece la peligrosa frase: “Total, si nadie lo cuida…”. El ejemplo lo tenemos en el paisaje protegido de Las Charcas de San Lorenzo. Si de semana en semana pasara una patrulla recogiendo los papeles o escombros que la gente desposita por allí, y si a eso le pusiéramos unos carteles alertando de las consecuencias que esto tiene, a buen seguro que el espacio estaría realmente protegido, porque los que tiraban escombros o basuras se van a contener.
Y esta reflexión debería entrar también en nuestros centros educativos. Una ventana rota en un colegio no es solamente un cristal roto. Es el mensaje que enviamos si durante semanas nadie se ocupa de ella. Un baño deteriorado, una pared llena de pintadas, una papelera rota, un patio descuidado o una norma de convivencia que todos conocen pero nadie cumple son pequeñas “ventanas rotas” educativas. Por el contrario, un colegio limpio, cuidado, alegre y acogedor transmite a niños y adultos algo: aquí importamos todos.
Esto también ocurrió en uno de mis centros hace años, donde las puertas de un aulario estaban rotas, los baños y aulas llenos de pintadas obscenas y el mobiliario destrozado. Desde el departamento de extraescolares propusimos pintar los baños, cambiar las puertas y darle un cambio radical a ese aulario apartado. A la vez le propusimos al alumnado que sus aulas las personalizaran con cartelería, decoración, etc. El ambiente cambió, las aulas ya no parecían celdas, los pasillos y escaleras no eran lugares de vergüenza. Sí, de vez en cuando aparecía alguna pintada, pero nuestro lema era limpiarla al instante. Ese trabajo llevó aparejada la propuesta de impulsar la biblioteca y una revista en el centro donde el alumnado fuera el protagonista.
Lo mismo ocurre en la política. No podemos exigir que no haya corrupción si toleramos pequeñas faltas de respeto, promesas incumplidas, privilegios injustificados o la descalificación permanente del adversario. Son las descalificaciones las que deterioran la confianza de la sociedad.
Una ciudad más limpia. Un barrio más cuidado. Un colegio más feliz. Una política más respetuosa. Una ciudadanía que saluda, que ayuda, que recoge lo que ensucia y que no mira hacia otro lado. Porque los barrios también se construyen desde los pequeños gestos. Y quizá deberíamos hacernos cada mañana una pregunta muy sencilla: ¿Qué pequeña ventana puedo reparar hoy?
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