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| Esteban G. Santana Cabrera |
La sociedad del Siglo XXI está llena de sonidos, palabras e información constante. Oímos desde que nos despertamos hasta que nos acostamos: conversaciones, noticias, mensajes, explicaciones, reproches. Sin embargo, cada vez escuchamos menos. Y esta diferencia, que puede parecer sin importancia, es real, especialmente en el ámbito educativo y en la transmisión de valores.
Oír es un acto físico y casi automático. Los sonidos entran por nuestros oídos sin necesidad de esfuerzo. Escuchar, en cambio, es una acción consciente. Implica atención, interés, empatía y comprensión. Escuchar es detenerse, mirar al otro, dedicarle un tiempo y sobre todo atención. Y este aprendizaje no empieza en la escuela, empieza en casa.
Muchas familias, sin mala intención, han ido dejando de escuchar a sus hijos. Falta tiempo, sobra cansancio y abundan las pantallas. No siempre nos sentamos con ellos a preguntarles cómo les ha ido el día, qué sienten o qué les preocupa. A veces oímos sus palabras mientras hacemos otra cosa, pero no las procesamos. Poco a poco, los niños y adolescentes aprenden que no merece la pena hablar, que nadie escucha de verdad. Así se van haciendo cada vez más independientes del mundo exterior, pero no desde la madurez, sino desde el aislamiento emocional.
Recuerdo el testimonio de un alumno, hace años, que me contaba cómo se estaba sintiendo en plena adolescencia. Le pregunté que si no lo había hablado con su madre y me dijo que su madre llegaba del trabajo sobre las cinco y después de comer se sentaba en el sillón a ver la tele y que él le hablaba y apenas le hacía caso.
Esta falta de escucha se traslada inevitablemente a la escuela. ¿Escuchamos la lección o simplemente la oímos? Muchos alumnos están presentes físicamente, pero ausentes mentalmente. Oyen las explicaciones, pero no las interiorizan, porque escuchar requiere interés y conexión, algo que solo se desarrolla cuando uno ha sido escuchado antes. Del mismo modo, ¿escuchamos a nuestros mayores o solo los oímos? A menudo desechamos su experiencia, oímos sus palabras como ruido de fondo, sin valorar la sabiduría que transmiten aunque ya estén “chocheando”.
Incluso con las noticias ocurre lo mismo. Oímos titulares, pero no reflexionamos sobre ellos. No analizamos, no cuestionamos, no comprendemos. No valoramos si esa información o testimonio está manipulado o no dice toda la verdad. Todo pasa rápido, superficialmente, sin dejar huella. Esta manera de “oír sin escuchar” empobrece nuestro pensamiento crítico y nuestra capacidad de empatía.
La escucha activa es un valor en sí mismo. Escuchar implica respeto, paciencia, responsabilidad pero sobre todo empatía. Implica comprender al otro y, a veces, comprendernos a nosotros mismos. Cuando no escuchamos, vamos perdiendo valores fundamentales como el diálogo, la tolerancia, la solidaridad y el respeto. Sin escucha no hay verdadera educación, solo transmisión de información vacía.
Educar no es solo enseñar contenidos, es enseñar a escuchar. Y para ello debemos empezar por casa, sentándonos, preguntando, mirando a los ojos. Porque cuando un niño se siente escuchado, aprende a escuchar.
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