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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
El reciente Mundial
de Fútbol Masculino nos ha dejado imágenes para el recuerdo que a buen seguro
no podremos olvidar nunca. Vimos la alegría inmensa de quienes
levantaron la copa, pero también las lágrimas de quienes se
quedaron a las puertas de la gloria. España celebró un triunfo
histórico, mientras otras grandes selecciones abandonaban el torneo
con la decepción reflejada en el rostro de sus jugadores y alguno
sin saber encajar la derrota. Sin embargo, a mí me gustaría
quedarme con la actitud de muchos de ellos, felicitando al rival,
reconociendo el mérito del vencedor y aceptando que, en el deporte
como en la vida, no siempre se gana.
Vivimos en una
sociedad que, con frecuencia y sin pretenderlo, transmite a los niños
la idea de que el éxito debe ser inmediato y permanente. Queremos
evitarles el sufrimiento, resolverles los problemas antes de que
aparezcan y protegerlos de cualquier experiencia desagradable. En
muchas ocasiones hemos escuchado aquello de: “no quiero que mi hijo
pase por lo que pasé yo”. Sin embargo, esa sobreprotección puede
convertirse en una problema para su desarrollo personal. Educar no
consiste únicamente en procurar felicidad, sino también en preparar
para afrontar las dificultades que inevitablemente llegarán.
En
este sentido, la frustración desempeña un papel fundamental. Como
señala Alfonso López Caballero en su artículo “La frustración
como elemento educativo”, el niño necesita experimentar
pequeñas frustraciones para desarrollar recursos emocionales que le
permitan afrontar los desafíos de la vida. Aprender que no siempre
se obtiene lo que se desea, aceptar un "no", perder un
partido o equivocarse en un examen forman parte de un aprendizaje
imprescindible para construir personas emocionalmente fuertes.
El
deporte constituye una magnífica escuela de vida porque enseña, de
manera natural, que el esfuerzo no garantiza siempre la victoria. Se
puede entrenar con intensidad, dar lo mejor de uno mismo y, aun así,
perder. Esa realidad, lejos de ser injusta, ayuda a comprender que el
valor de una persona no depende exclusivamente del resultado
obtenido, sino de la forma en que afronta el esfuerzo realizado hasta
llegar al partido.
Por ello, deberíamos preocuparnos
menos por que nuestros hijos ganen siempre y mucho más por cómo
reaccionan cuando no lo consiguen. Saber perder implica controlar las
emociones, reconocer el mérito del adversario, aceptar los errores
propios y levantarse con la ilusión de volver a intentarlo.
Indiscutiblemente, quien aprende a perder también aprende a ganar
con humildad, porque comprende que el éxito no se va a producir
siempre ni la derrota será eterna. Recuerdo que de pequeño, en los
partidos, incluso torneos, que nos “echábamos” en la calle, los
estanques, el campo Juan Guedes o en la cancha del colegio, no
existía el árbitro, y los chiquillos nos la arreglábamos para
ponernos de acuerdo ante una falta o un penalti . Aprendimos que a
veces hay que perder para poder seguir jugando. Eso hoy en día es
casi imposible.
Las familias y la escuela compartimos una
responsabilidad muy importante. No podemos educar a nuestros hijos en
un mundo donde todos reciben premios por participar o donde cualquier
contratiempo se interpreta como un fracaso insuperable. Necesitamos
enseñar que equivocarse forma parte del aprendizaje, que la
frustración no es un enemigo del que haya que huir, sino una
oportunidad para crecer y desarrollarse.
Quizá esa sea el
mejor aprendizaje que nos dejó el Mundial. La copa solo la levanta un
equipo, pero todos tienen la oportunidad de demostrar grandeza.
Porque los campeones no se distinguen únicamente por ganar una
final, sino por respetar al rival cuando vencen y por saber perder
cuando pierden. Y esa es, probablemente, una de las enseñanzas más
valiosas que podemos transmitir a nuestros niños y niñas, que en la
vida no siempre se gana, pero siempre se puede aprender.
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