lunes, 21 de septiembre de 2026

Saber ganar, saber perder...

Por Esteban G. Santana Cabrera 

El reciente Mundial de Fútbol Masculino nos ha dejado imágenes para el recuerdo que a buen seguro no podremos olvidar nunca. Vimos la alegría inmensa de quienes levantaron la copa, pero también las lágrimas de quienes se quedaron a las puertas de la gloria. España celebró un triunfo histórico, mientras otras grandes selecciones abandonaban el torneo con la decepción reflejada en el rostro de sus jugadores y alguno sin saber encajar la derrota. Sin embargo, a mí me gustaría quedarme con la actitud de muchos de ellos, felicitando al rival, reconociendo el mérito del vencedor y aceptando que, en el deporte como en la vida, no siempre se gana.

Vivimos en una sociedad que, con frecuencia y sin pretenderlo, transmite a los niños la idea de que el éxito debe ser inmediato y permanente. Queremos evitarles el sufrimiento, resolverles los problemas antes de que aparezcan y protegerlos de cualquier experiencia desagradable. En muchas ocasiones hemos escuchado aquello de: “no quiero que mi hijo pase por lo que pasé yo”. Sin embargo, esa sobreprotección puede convertirse en una problema para su desarrollo personal. Educar no consiste únicamente en procurar felicidad, sino también en preparar para afrontar las dificultades que inevitablemente llegarán.

En este sentido, la frustración desempeña un papel fundamental. Como señala Alfonso López Caballero en su artículo “La frustración como elemento educativo”, el niño necesita experimentar pequeñas frustraciones para desarrollar recursos emocionales que le permitan afrontar los desafíos de la vida. Aprender que no siempre se obtiene lo que se desea, aceptar un "no", perder un partido o equivocarse en un examen forman parte de un aprendizaje imprescindible para construir personas emocionalmente fuertes.

El deporte constituye una magnífica escuela de vida porque enseña, de manera natural, que el esfuerzo no garantiza siempre la victoria. Se puede entrenar con intensidad, dar lo mejor de uno mismo y, aun así, perder. Esa realidad, lejos de ser injusta, ayuda a comprender que el valor de una persona no depende exclusivamente del resultado obtenido, sino de la forma en que afronta el esfuerzo realizado hasta llegar al partido.

Por ello, deberíamos preocuparnos menos por que nuestros hijos ganen siempre y mucho más por cómo reaccionan cuando no lo consiguen. Saber perder implica controlar las emociones, reconocer el mérito del adversario, aceptar los errores propios y levantarse con la ilusión de volver a intentarlo. Indiscutiblemente, quien aprende a perder también aprende a ganar con humildad, porque comprende que el éxito no se va a producir siempre ni la derrota será eterna. Recuerdo que de pequeño, en los partidos, incluso torneos, que nos “echábamos” en la calle, los estanques, el campo Juan Guedes o en la cancha del colegio, no existía el árbitro, y los chiquillos nos la arreglábamos para ponernos de acuerdo ante una falta o un penalti . Aprendimos que a veces hay que perder para poder seguir jugando. Eso hoy en día es casi imposible.

Las familias y la escuela compartimos una responsabilidad muy importante. No podemos educar a nuestros hijos en un mundo donde todos reciben premios por participar o donde cualquier contratiempo se interpreta como un fracaso insuperable. Necesitamos enseñar que equivocarse forma parte del aprendizaje, que la frustración no es un enemigo del que haya que huir, sino una oportunidad para crecer y desarrollarse.

Quizá esa sea el mejor aprendizaje que nos dejó el Mundial. La copa solo la levanta un equipo, pero todos tienen la oportunidad de demostrar grandeza. Porque los campeones no se distinguen únicamente por ganar una final, sino por respetar al rival cuando vencen y por saber perder cuando pierden. Y esa es, probablemente, una de las enseñanzas más valiosas que podemos transmitir a nuestros niños y niñas, que en la vida no siempre se gana, pero siempre se puede aprender.


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