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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay despedidas que pasan desapercibidas para la mayoría de los mortales. No ocupan titulares, no generan debates ni provocan manifestaciones. Sin embargo, para quien las vive, representan el final de una época. Estos días me ha tocado decir adiós a una vieja compañera de viaje: mi radio de onda media.
Durante muchos años ocupó
un lugar privilegiado bajo mi almohada. Era un pequeño transistor de
ruedas, de esos que había que sintonizar con paciencia, moviendo
lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia exacta. En ocasiones
aparecían interferencias, otras veces la señal se perdía durante
unos segundos, pero precisamente esa imperfección era parte de su
encanto. Cada noche, antes de dormir, aquella radio me abría una
ventana al mundo.
La desaparición progresiva de las
emisiones de AM en Canarias y en buena parte de España ha supuesto
mucho más que un cambio tecnológico. Es el final de una forma de
escuchar la radio, de sentirla y de imaginarla. La onda media tenía
algo de mágico. Bastaba girar una rueda para que, de repente, una
voz procedente del continente africano, Portugal o la isla vecina
entrara en tu habitación como si estuviera a pocos metros de ti. Eso
con la FM es imposible ya que en muchas ocasiones no se oye ni en
toda la ciudad, necesitando varios repetidores.
Llámenme
friki, pero siento un vacío que no es baladí. Ya no podré
escuchar Radio Club Tenerife o COPE Tenerife desde Gran Canaria. Más
allá de los programas, me fascinaba la publicidad de comercios que
nunca había visitado, las noticias locales, los nombres de pueblos y
calles, el estado del tráfico en Santa Cruz o la información del
tiempo en el norte de la isla. Sin moverme de la cama, viajaba cada
noche a Tenerife. La radio conseguía derribar el mar que separa
nuestras islas y convertir el Archipiélago en un espacio mucho más
cercano.
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| La vieja radio de mi padre |
lámparas Philips A3 25926 que mi padre le regaló a mi madre siendo novios. A través de ella me vienen programas como “La Ronda”, “Radio Gaceta de los deportes” o incluso escuchar la radio clandestina que venía de África en tiempos de Cubillo. La radio de antes unía en torno al receptor a las familias y a los vecinos como en la hora de la radionovela de mediodía, donde se hacía un parón para escucharla.
Hoy la
tecnología nos ofrece una calidad de sonido infinitamente superior.
Con un simple teléfono móvil podemos escuchar cualquier emisora del
mundo a través de internet. Es rápido, cómodo y prácticamente
perfecto. Pero, curiosamente, esa perfección ha ido borrando parte
de la magia de la radio. Ahora me veo obligado a colocarme un
auricular conectado al móvil para seguir escuchando la radio antes
de dormir. Funciona mejor, sí, pero ya no es lo mismo.
Echo
de menos el ritual de coger el transistor entre las manos, mover el
dial lentamente y dejar que las ondas hicieran su trabajo. Echo de
menos aquella incertidumbre de no saber exactamente qué iba a
aparecer al otro lado de la frecuencia. Porque la radio no era
únicamente el contenido que pretendías escuchar, sino también era
el camino hasta encontrarlo.
El filósofo Marshall McLuhan
afirmaba que "el medio es el mensaje". Quizá tenía razón.
No solo ha cambiado la forma de recibir la información, también ha
cambiado nuestra relación con ella. Hemos ganado inmediatez, pero
hemos perdido parte de la liturgia que acompañaba al acto de
escuchar.
Mi vieja radio ya no tiene sentido. Las
frecuencias que durante décadas llenaron mis noches han ido
apagándose poco a poco. Probablemente terminará guardada en una
estantería, convertida en un objeto más de esos que conservamos
porque contienen recuerdos. Sin embargo, cada vez que la vea,
recordaré aquellas noches en las que, con solo girar una pequeña
rueda, podía cruzar el océano de oscuridad que separa Gran Canaria
de Tenerife sin salir de mi habitación.
Quizá la radio
siga viva en los teléfonos móviles, en las aplicaciones y en las
plataformas digitales. Pero la magia de la onda media, esa que
viajaba invisible por el aire y que convertía el silencio de la
noche en compañía, esa, me temo, ya forma parte de nuestra memoria
colectiva. Y hay tecnologías que, aunque dejen de emitir, nunca
dejarán de sonar en el corazón de quienes crecimos escuchándolas.
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