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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
La escuela tiene un papel fundamental en esta tarea. No basta con enseñar contenidos, también debemos ayudar al alumnado a descubrir quiénes somos, de dónde venimos y qué tesoro guardan nuestros pueblos, nuestros caminos, nuestras palabras y nuestras costumbres. Canarias no es solo un lugar bonito para enseñar al turista. Canarias es una manera de vivir, de hablar y de compartir. Y eso también debe respirarse en las aulas.
Muchas veces usamos palabras canarias sin darnos cuenta de que forman parte de nuestro patrimonio cultural. Cuando por ejemplo alguien dice que va a ver una pechá, dependiendo de si es en la vela latina, es hacer una regata, generalmente dos botes, pero también puede significar enfrentar los gallos de pelea unos con otros, con las espuelas cubiertas, para irlos preparando para la riña. Hay otras muchas expresiones como que está ennoviado, que hace una calor tremenda o que su abuela guarda el gofio en la talega, todas ellas forman parte de nuestra identidad. Los canarismos son memoria viva del pueblo canario y deben ocupar el lugar que merecen dentro de la educación.
Un ejemplo claro lo encontramos en Tamaraceite. Hoy en día muchos vecinos y vecinas desconocen la verdadera historia de este lugar tan importante para Gran Canaria. Poca gente sabe que Tamaraceite fue uno de los antiguos cantones aborígenes de la isla y que sus tierras guardan siglos de historia y tradición. E incluso que fue cabeza del municipio de San Lorenzo y que en sus tierras hay un paisaje protegido como Las Charcas de San Lorenzo o la Montaña de San Gregorio. Conocer esto les permitiría mirar el barrio de otra manera. Ya no solo como un lugar de residencia, de paso o una zona comercial y en crecimiento, sino como un barrio cargado de memoria colectiva, de historias, de costumbres y de identidad.
Trabajar el patrimonio canario en las aulas no es vivir anclados en el pasado. Al contrario. Significa comprender mejor el presente y construir el futuro con conciencia y respeto. Significa enseñar al alumnado a cuidar nuestros barrancos, nuestras playas y montañas; a valorar las tradiciones populares, la música, la lucha canaria o los oficios antiguos, pero también a sentir orgullo de nuestra manera de hablar y de entender el mundo.
Cuando un niño conoce la historia de su barrio, de su pueblo o de su isla, deja de verlo como algo ajeno. Empieza a sentirlo suyo. Y lo que se siente propio se protege, se respeta y se transmite. Por eso es tan importante fomentar el uso y el disfrute de nuestro patrimonio dentro de los centros educativos, para que las nuevas generaciones no crezcan desconectadas de sus raíces.
Porque, al final, lo que no se conoce no se puede amar. Y solo aquello que se ama de verdad se cuida y se defiende para que nunca desaparezca. Feliz Día de Canarias.
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