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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Como cada año, el 5 de enero, vuelvo al mismo sitio, al Parque de Santa Catalina, llueva o haga sol, al banco de siempre, la misma espera que parece eterna y, sin embargo, con la ilusión de cada año. Es la tarde de Reyes más lluviosa de los últimos años y, aunque el tiempo no ha acompañado, el público infantil no ha querido faltar. Los niños miran, debajo del paraguas de sus padres, al fondo de la calle Albareda, con la certeza absoluta de que la magia existe, esperando a sus Reyes Magos aparecer. Esos mismos Reyes Magos que fueron siguiendo una estrella hasta un portal humilde donde, hace más de dos mil años, nació el Niño Jesús. Aunque desgraciadamente, para muchos, eso poco importa ya.
La cabalgata se anunciaba “con muchísimas novedades”. Récord de participación, más de mil figurantes, dieciocho vehículos, muñecos hinchables gigantes que prometían hacer las delicias del público. Y mientras tanto, a mi lado, un niño de no más de cuatro años aprieta con fuerza la mano de su madre. No pregunta por Toy Story ni por Harry Potter. Pregunta por qué Melchor no viene ya, que se va a mojar.
La espera es parte del ritual. La lluvia ha estado más presente que otros años pero dio una tregua. Los niños y las niñas se suben a los hombros de los mayores, se sientan en el suelo aunque se mojen, se levantan de golpe cuando suena una música lejana. Cada sonido parece anunciar algo que viene. Es una espera nerviosa, ilusionante, casi sagrada. En algún momento, alguien menciona la chupa. Ese acto pequeño y enorme a la vez: entregar la chupa a los Reyes como prueba de que el bebé ya es mayor. Veo a una niña sujetarla con una fuerza que la supera, aunque los ojos se le humedecen. No hay muñeco hinchable que compita con ese instante.
Empieza el desfile y lo hace, como casi siempre, con estruendo y este año con algunas gotas en momentos molesta. Luces de colores, música, personajes que nada tienen que ver con Oriente ni con camellos ni con estrellas. Los niños mirando fijamente. Se ríen, señalan, se distraen. Pero también preguntan. “¿Cuándo vienen los Reyes?”, “¿ya llegan?”. La cabalgata avanza lenta, interminable por momentos, como si se olvidara de su verdadero motivo.
Una pregunta había entre los mayores: ¿qué tienen que ver los muñecos Disney con los Reyes Magos? ¿De verdad hace falta tanto ruido para sostener la ilusión? Y no dejan de tener razón. Porque la ilusión ya está ahí. Vive en la espera, en la carta escrita meses antes, en el miedo a no haber sido lo bastante bueno, en la esperanza de que Melchor, Gaspar y Baltasar lo sepan todo y aún así perdonen las pequeñas trastadas.
Cuando por fin aparecen, todo cambia. No importa cuántos personajes hayan pasado antes. No importa la espera, ni el cansancio, ni la lluvia, ni el tiempo de pie. Los niños se estiran, gritan, agitan las manos. Algunos se quedan en silencio, sobrecogidos. Otros lloran sin saber por qué. Es emoción en estado puro. Los Reyes Magos existen en ese momento, y existen de verdad.
Desde Santa Catalina los veo pasar a toda prisa, lanzando confetis, saludando, mirando a los niños como si fueran los únicos. Y lo son. En ese instante, cada niño siente que ese Rey le mira solo a él. Ahí está la magia que no necesita adornos, ni muñecos a su alrededor, ni carrozas anunciadoras.
Cuando todo termina, quedan papeles mojados en el suelo, suciedad, gente corriendo para no mojarse, padres agotados y niños con la cara iluminada. Mañana habrá regalos, pero hoy queda algo más importante, la certeza de haber visto a sus Reyes. Y pienso que, quizás, no hace falta tanto disfraz ni tanto espectáculo. Que la cabalgata de Reyes no debería olvidar nunca que no es un carnaval. Es un acto de fe infantil. Y eso, por sí solo, ya lo hace extraordinario. Feliz Día de Reyes.
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