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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Cada año, cuando se acerca el Día del Libro, solemos hablar de
lecturas, autores y títulos imprescindibles. Sin embargo, quizá sea
también un buen momento para reflexionar sobre los espacios donde
ocurre la lectura, sobre todo en nuestros centros educativos,
principal núcleo del que se nutren las bibliotecas públicas. Porque
leer no es solo un acto individual, también es una experiencia
social, emocional y que se hace con sus iguales y que necesita
lugares vivos, abiertos y significativos.
Durante mucho
tiempo, las bibliotecas escolares se han concebido como salas
silenciosas, repletas de estanterías donde los libros permanecían
ordenados, pero muchas veces alejados de la vida cotidiana del
alumnado. Espacios cerrados, poco accesibles o incluso poco
atractivos, que transmitían la idea de que la lectura era algo
serio, distante o reservado a momentos concretos. Hoy sabemos que las
bibliotecas escolares deben ser justo lo contrario: lugares abiertos,
dinámicos y con vida.
Las bibliotecas escolares del
presente y, sobre todo, del futuro, deben convertirse en espacios
donde el alumnado sea protagonista. No solo como lector o lectora,
sino también como participante activo en su organización,
dinamización y cuidado. Cuando el alumnado se implica en la gestión
de la biblioteca, esta deja de ser un espacio impuesto y pasa a ser
un lugar propio, lo sienten como “su” biblioteca.
Un
ejemplo lo encontramos en la biblioteca del CEIP Los Giles, donde son
las propias alumnas quienes se encargan de tareas fundamentales como
la gestión del préstamo, el mantenimiento del espacio y la
animación a la lectura. Esto no solo favorece el uso de la
biblioteca, sino también la responsabilidad, la autonomía y el
compromiso con la comunidad educativa.
Gran valor tienen
las actividades que estas alumnas desarrollan durante los recreos
donde leen cuentos en voz alta a los más pequeños, organizan
lecturas en parejas y dramatizan textos compartiendo historias con
mucho entusiasmo y cercanía. De este modo, la lectura se convierte
en una experiencia compartida, en un encuentro entre los distintos
grupos de edad, haciendo puente entre compañeros y
compañeras.
Igualmente significativo ha sido el cambio
del propio espacio de la biblioteca, que ha pasado de estar ubicada
en un aula a situarse en un pasillo, en una zona de paso accesible y
visible para todo el alumnado. Esta transformación no es solo
física, va más allá de eso. La biblioteca deja de ser un lugar al
que hay que ir para convertirse en un espacio al que se puede llegar
de manera natural, cotidiana y espontánea.
Convertir los
espacios de lectura en lugares abiertos, participativos y cercanos es
apostar por una escuela que entiende la lectura como una herramienta
esencial. Celebrar el Día del Libro es también reconocer el valor
de estos espacios y de las personas que los hacen posibles cada día.
Porque cuando el alumnado es el protagonista, la biblioteca deja de
ser un lugar lleno de libros para convertirse en un lugar lleno de
vida y de historias por contar.
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