sábado, 4 de julio de 2026

Don Olegario Peña, una vida entera dedicada a los demás

Por Esteban G. Santana Cabrera 

Comenzando el fin de semana recibimos la noticia de la partida de don Olegario Peña, sacerdote diocesano, que deja un profundo sentimiento de gratitud en quienes tuvimos la suerte de conocerlo y compartir parte de su camino. A sus 97 años, y después de más de siete décadas de entrega sacerdotal, nos deja el ejemplo de una vida plenamente consagrada al servicio de Dios y de los demás.

Su mayor ilusión era poder saludar al Santo Padre, y la Providencia quiso regalarle ese momento el pasado mes de junio, en la Catedral. Fue, sin duda, un hermoso broche para una existencia marcada por la sencillez, la fidelidad y el amor a la Iglesia.

Don Olegario desarrolló su ministerio en numerosas parroquias de nuestras islas orientales, dejando siempre una huella imborrable. Sus últimos destinos en Tamaraceite, Santidad, Bañaderos y San Telmo son testigos de una labor pastoral incansable y cercana, de esas que no entienden de horarios ni de sacrificios cuando se trata de atender a quienes más lo necesitan.

Fue profesor, sí, pero, sobre todo, fue maestro. Maestro de vida, de humanidad y de fe. Poseía una
sabiduría que nacía de la experiencia y de la escucha, y sabía transmitirla con un lenguaje sencillo y coloquial que llegaba al corazón de la gente. Sus homilías no buscaban grandes discursos, sino hacer comprensible el Evangelio para todos, desde la cercanía y el sentido común que siempre lo caracterizaron.

Muchas conversaciones tuvimos en mi época de juventud, cuando uno estaba en una etapa de discernimiento. Nunca hubo una palabra de exigencia ni de obligación. Su lema era dejarse en las manos de Dios. Su figura recorriendo los barrios en aquel inolvidable Volkswagen Escarabajo azul forma ya parte de la memoria de muchas personas. Era la imagen de un pastor que salía al encuentro de su pueblo, que no esperaba a que la gente llegara a la iglesia, sino que llevaba la Iglesia hasta donde estaban las personas. En Tamaraceite realizó una labor extraordinaria, acercando las celebraciones litúrgicas a los barrios limítrofes para que nadie, especialmente los enfermos y quienes tenían más dificultades, se quedara sin participar de la misa dominical.

Su servicio no se limitó al ámbito espiritual. Conoció tiempos de verdadera necesidad y nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento ajeno. Ayudó a muchas familias de Tamaraceite cuando el hambre golpeaba con dureza, pagando recibos de agua y de luz y tendiendo la mano con una discreción y una generosidad admirables. Lo hizo sin esperar reconocimiento alguno, convencido de que servir a los más pobres era servir al propio Cristo.

Además, despertó numerosas vocaciones sacerdotales a lo largo de su vida, sembrando en muchos jóvenes el deseo de entregar también su existencia al servicio de los demás. Trajo las Misiones a Tamaraceite, cuando se proponía reunir a los vecinos en las casas a la luz del Evangelio. Esos son quizás, algunos de los legados más fecundos que deja entre nosotros.

Hoy despedimos a un sacerdote bueno, campechano y cercano, pero, sobre todo, a un servidor incansable. Que el Señor, a quien dedicó toda su vida, lo reciba con los brazos abiertos y le conceda el descanso eterno que tanto merece. ¡Gracias Don Olegario!

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