miércoles, 22 de julio de 2026

El bazar de Sarito, cuando el recreo cruzaba la calle

 

Por Esteban G. Santana Cabrera  

Hay lugares en nuestros barrios que, a pesar del tiempo, no se borran de nuestra mente. En el Tamaraceite de los años setenta, cuando el asfalto aún no llegaba a todas las calles del “pueblo” y las fincas de plataneras rodeaban a las viviendas como si fuera un mar verde en medio del océano, había un lugar que tenía nombre propio, sobre todo para los más pequeños: el bazar de Sarito. Situado en la calle San Borondón, justo enfrente del Colegio Adán del Castillo, aquel pequeño local fue mucho más que un negocio; era el punto de encuentro de varias generaciones de niños y, por encima de todo, el monumento a la entereza de una mujer inolvidable.

El bazar de Sarito
y Estebita a la izquierda de la imagen
Entrar al bazar de Sarito era adentrarse en un espacio mágico, donde cabía todo. Era el "chino" de la
época, donde convivían golosinas y escupideras, libros de texto y tartas, ensaimadas y matahambres, juguetes y helados, periódicos y revistas. Desde el mostrador se divisaba la vida del colegio. En aquellos primeros años, sin muros ni verjas que separaran las aulas de la calle, la estampa cotidiana la dibujaba Manolito, el conserje, recorriendo los patios en su bicicleta, o el imponente pastor alemán, Duque, corriendo suelto al caer la tarde. Más tarde vendría Tomasito, el nuevo bedel, cómplice necesario que abría las puertas los sábados para que los jóvenes del barrio, organizados en un equipo de fútbol sala nacido en la misma puerta del bazar, pudieran darle unas patadas al balón a cambio de algún trabajillo cargando sacos de papas.

El bazar nació a principios de los setenta. Estebita, el patriarca, trabajaba entonces con Don José Verdugo y montó la pequeña tienda para que su esposa, Sarito, "se entretuviera". Nadie sospechaba que aquel entretenimiento se convertiría pronto en el único flotador de la familia. Cuando la crisis del plátano hizo caer las exportaciones y Estebita se quedó en el paro, el mostrador pasó a ser el sustento de una familia numerosa con cuatro hijos. Pero el golpe más duro llegó en 1978: Estebita enfermó y falleció. Sarito enviudó muy joven, al frente de una casa que mantener y un negocio cuyas cuentas apenas sabía gestionar, pues la administración siempre había sido cosa de su marido.

Es ahí donde aparece la personalidad de Sarito. Ya no era la hija de Mariquita “la partera” sino Sarito “la del bazar”. Cualquier otra persona se habría quedado en el camino bajo el peso de la viudedad, las deudas y la crianza de los hijos. Ella, sin embargo, eligió ser un faro de paz y serenidad. Quienes la conocieron recuerdan que jamás perdió la dulzura, que su trato con los clientes, especialmente con los niños, era de una ternura infinita, siempre acompañada por una sonrisa que disipaba cualquier dolor que pudiera estar pasando. Recuerdo aquellos días de luto, cuando la gente llegaba al bazar y le recordaba a su marido, los llantos de aquella mujer eran desgarradores.

A su alrededor, sus cuatro hijos preadolescentes tuvieron que madurar a golpes de responsabilidad. Con apenas doce o trece años, los varones se turnaban en jornadas maratónicas que empezaban a las siete de la mañana y terminaban a las once y media de la noche, mientras su hermana asumía las tareas domésticas y Clarita, la ahijada, ayudaba con la limpieza. Aprendieron a llevar las cuentas, a lidiar con proveedores y a plantarle cara a los gamberrillos que intentaban jugarles una mala pasada cuando su madre viajaba a Las Palmas a por mercancía. De esa época queda la estampa casi cómica de un niño que apenas sobresalía del mostrador respondiendo con firmeza a una patrulla de la Policía Armada, los "grises", que venía a retirar unas revistas eróticas, pero que no enseñaban nada, y que colgaban de las liñas del techo.

El bazar se llenaba de niños a la salida del colegio
Pero el bazar era, como la “seguridad social” para Tamaraceite. Había dos libros de "fiaos". El diario,
donde se anotaban los desayunos de los niños o los recados de última hora en papeles pequeños que se atravesaban en un clavo; y el de las "cosas grandes". En un barrio obrero, donde el dinero escaseaba, Sarito hacía de intermediaria con tiendas de la capital para que sus vecinos pudieran comprar ropa, y era ella quien guardaba los Reyes Magos de muchos niños de Los Bloques y los alrededores. Los padres se llevaban los juguetes en la víspera y los pagaban poco a poco, a lo largo de todo el año. Sabían que en aquel bazar la confianza valía más que cualquier aval bancario.

Por eso, a la hora del recreo, el grito de "¡Saritooooo!" retumbaba en las rejas del colegio. Y no solo acudía ella o sus hijos; acudían también los "gamberrillos" del barrio, chicos expulsados o que no iban a clase, que se apostaban en la puerta y le echaban un cable a despachar de manera altruista, contagiados por el respeto que aquella mujer inspiraba. Por las noches, cuando el cansancio vencía y los hijos debían estudiar, aparecía la figura de Benjamín, un vecino entrañable que venía cada noche a ayudarla a cerrar, demostrando que la bondad de Sarito se devolvía con creces.

Sarito con sus cuatro hijos
Sarito nos dejó en 1992. Sus cuatro hijos pudieron estudiar gracias a su esfuerzo denodado. El bazar
resistió apenas un año más. Hoy, más de tres décadas después, el local ya no existe, pero en las calles de Tamaraceite el eco de su nombre sigue vivo. Las estanterías desaparecieron, los juguetes dejaron de esperar la víspera de Reyes y las hojas de los "fiaos" hace tiempo que dejaron de clavarse en aquel viejo clavo. Pero hay cosas que el tiempo no consigue cerrar. En Tamaraceite todavía hay quien, al cruzarse con cualquiera de sus hijos, no pregunta por su apellido. Simplemente dice: "Mira, uno de los hijos de Sarito". Y de paso comentan cosas como “que buenos eran los matambres que vendía Sarito”. Su historia es la crónica de un tiempo que ya no vuelve, el recuerdo de un mostrador que fue refugio y confesionario, pero, sobre todo, el retrato de una mujer de fe que, a pesar de las cicatrices de la vida, decidió que su mejor herencia para el mundo era hacer el bien al que lo necesitaba, darles estudios a sus hijos y regalar su sonrisa eterna.

Y mientras, aunque ella ya no está entre nosotros, seguirá despachando sonrisas desde el lugar más importante que puede ocupar una persona, la memoria de su pueblo de Tamaraceite.

Bienmesabe

La Provincia



viernes, 17 de julio de 2026

El mar, el sol y la psoriasis

 


Por Esteban G. Santana Cabrera 

Llevar casi cuarenta años conviviendo con la psoriasis es recorrer un camino largo, a menudo silencioso y lleno de emociones encontradas Quienes compartimos este diagnóstico conocemos de sobra los momentos más oscuros del trayecto: el desánimo de los brotes impredecibles, la vergüenza de mostrar la piel herida, la incomprensión de un entorno que a menudo confunde lo visual con lo contagioso, y esa dolorosa soledad de creer que somos los únicos librando esta batalla. Sin embargo, con el tiempo, la experiencia y la aceptación, llega el aprendizaje: la psoriasis puede ser incurable, pero no es imbatible. Podemos hacerle frente y, sobre todo, podemos decidir cómo vivir con ella.

Para dar ese paso al frente, la naturaleza nos ofrece un escenario idóneo, especialmente si tenemos la suerte de disfrutar de nuestra querida tierra canaria rodeada de aguas limpias y cristalinas. El verano no es solo una época del año, es una oportunidad terapéutica. El sol tomado con precaución, el agua de nuestras playas en nuestra piel y el clima de las islas actúan como un bálsamo tanto físico como mental. Si a esto le sumamos una buena alimentación, un descanso reparador y un cambio de hábitos de vida más saludables, el verano se convierte en el mejor punto de partida para reconciliarnos con nuestro cuerpo y mejorar nuestra salud.

A nadie se le esconde que uno de los mayores daños colaterales de esta enfermedad es el aislamiento. Por eso, tender puentes es vital. Compartir nuestras vivencias con otros pacientes y familiares no es un mero desahogo, es un acto de supervivencia. Saber que esa persona que se esconde bajo mangas largas a treinta grados siente exactamente lo mismo que tú, humaniza el dolor y alivia la carga. Al hablar abiertamente de la psoriasis, le quitamos su poder aislante y recordamos a quienes hoy empiezan su camino que no están solos en absoluto.

Mostrar la piel es el arma más poderosa contra el estigma. La mirada ajena solo deja de juzgar cuando se acostumbra a ver. Al normalizar nuestras placas y nuestras marcas, educamos a la sociedad y desmantelamos los prejuicios que durante generaciones nos han “recluido” en la sombra. No hay nada de lo que avergonzarse ya que nuestra piel cuenta una historia de resistencia y superación incalculable.

Detrás de cada paso hacia la visibilidad hay un trabajo inmenso de las asociaciones de pacientes. Entidades como Acción Psoriasis, con la que colaboro hace más de doce años, ponen la luz que guía a miles de familias, ofreciendo información rigurosa, apoyo emocional y luchando por nuestro bienestar día tras día.

Por todo ello, la campaña "Destápate 26" no es solamente una iniciativa veraniega, es una llamada a la solidaridad. Es la invitación perfecta para despojarnos de los miedos, de la ropa de abrigo y de los complejos, y mostrar con orgullo quiénes somos. Te invito a sumarte, a colaborar con la asociación y a compartir tu historia. Si eres mayor de edad, sigue la cuenta de @‌accionpsoriasis_es y participa desde Instagram. Puedes hacerlo de distintas maneras. Escoge la que más se adapte a ti. Porque como dice la campaña: “Cuanta más participación logremos… ¡más visibilidad social tendrá la #psoriasis y más normalizada estará! Y si te preguntan… ¡Explica qué es! Muchas veces, la gente solo mira por desconocimiento”.

Porque cada uno de los enfermos que decidimos mostrarnos hoy ayuda a que otro se atreva a destaparse mañana.


MÁS INFO: https://accionpsoriasis.org/destapate/

martes, 14 de julio de 2026

En vacaciones ¿repasar o desconectar?

 

Vacaciones, repasar o desconectar de Esteban Gabriel Santana Cabrera

Retomo hoy un artículo de opinión que escribí en junio de 2018 para la revista INED21 y en la que cuando llega el verano hay que aplicar el sentido común y dejar que nuestros hijos reseteen. 

lunes, 13 de julio de 2026

Los juegos de siempre

 

Por Esteban G. Santana Cabrera  
En vacaciones, cuando los días se alargan y el tiempo parece discurrir un poquito más lento, quizás sea el momento perfecto para recuperar los juegos tradicionales y los juegos de mesa. En barrios como el mío, Tamaraceite, aquellos juegos no eran solo una forma de entretenimiento, sino también un momento para la convivencia, la imaginación y sobre todo para compartir.

Quienes crecimos en sus calles recordamos una infancia vivida al aire libre. La calle era entonces el gran espacio de encuentro. No hacía falta organizar actividades ni concertar citas con antelación, bastaba con salir a la puerta de casa para encontrar amigos, primos o vecinos con quienes compartir la tarde. Allí se aprendía a respetar turnos, a resolver pequeños conflictos, a ganar y a perder, a integrarse con niños de distintas edades y a hacer amistades que, en muchos casos, han perdurado toda la vida. Nos faltaba tiempo para que terminando el partido que daban televisado para salir a la calle a emular a las figuras de la época y organizar nuestro particular mundial en la calle, poniendo dos piedras como porterías. Y esto nos llevaba a organizar partidos “más “profesionales” entre barrios en los estanques de barro que, sin agua, se convertían en campos de fútbol.

Me vienen a la mente algunos de aquellos juegos populares que formaron parte de la identidad de Tamaraceite y de tantos otros pueblos y barrios canarios. Juegos como el escondite, el trompo, el boliche, el teje, el salto a la soga o las carreras improvisadas en los Bloques o en la Montañeta, o también juegos como las cartas, o la lotería que fomentaba la convivencia entre grandes y pequeños en las tardes de verano en los patios de las casas. Todo esto era patrimonio cultural que se transmitía de generación en generación, sin manuales ni pantallas, únicamente mediante la observación y la práctica compartida.

Hoy, sin embargo, la realidad ha cambiado profundamente. No dejo de reconocer que los peligros de hoy en día no los había antes. Pero hemos pasado del blanco al negro. Muchos niños pasan gran parte de su tiempo libre en espacios cerrados, relacionándose a través de dispositivos electrónicos y construyendo vínculos virtuales que, aunque tienen sus ventajas, difícilmente pueden sustituir la riqueza de la interacción directa. Se están perdiendo experiencias fundamentales como correr, ensuciarse, negociar las reglas de un juego, esperar el turno o sentir la alegría de compartir una tarde con otros niños en la calle o en una plaza. Ahora los niños, por no saber, no saben ni resolver los conflictos entre ellos y solicitan a las primeras de cambio a los padres que les protejan, lo que lleva en muchos casos a la “sobreprotección” y a la “inmadurez”.

Con esto no trato de idealizar tiempos pasados ni de rechazar los avances tecnológicos, que forman parte indiscutible de nuestro presente. Trato, más bien, de que caigamos en la cuenta de la importancia de encontrar un equilibrio y de recuperar aquello que sigue teniendo un enorme valor educativo y humano. Los juegos tradicionales son una magnífica oportunidad para ello. No requieren grandes recursos económicos, fomentan la actividad física, estimulan la creatividad y fortalecen los lazos familiares y vecinales.

Las vacaciones pueden convertirse en la ocasión ideal para que padres e hijos, abuelos y nietos, redescubran juntos estas formas de diversión. Qué hermoso sería ver a los mayores enseñando a lanzar un trompo, explicando las reglas de las bolas o recordando cómo se jugaba al teje en las calles de Tamaraceite. Con ello, no solo se transmite un juego, sino también una manera de entender la vida, unos valores y la memoria que forma parte de nuestra identidad.

Recuperar los juegos tradicionales es, en definitiva, recuperar el encuentro, la conversación y la alegría de jugar juntos. Tal vez este verano haya sido un buen momento para abrir las puertas de casa, salir a la calle y permitir que nuestros niños descubran que, mucho antes de las pantallas, la felicidad también cabía en un trompo, unos boliches o una simple soga para saltar.

martes, 7 de julio de 2026

¿Queremos en nuestros centros líderes o jefes?

 


¿En el ámbito educativo ser un buen líder es básico para asumir el cambio pedagógico de los centros. En las directivas de los centros educativos cada vez es menos necesario buenos gestores económicos lo que sí que es necesario son líderes pedagógicos. Les remito a una publicación de hace 10 añitos: https://peleandoconlastic.blogspot.com/2016/12/lider-o-jefe.html

sábado, 4 de julio de 2026

Don Olegario Peña, una vida entera dedicada a los demás

Por Esteban G. Santana Cabrera 

Comenzando el fin de semana recibimos la noticia de la partida de don Olegario Peña, sacerdote diocesano, que deja un profundo sentimiento de gratitud en quienes tuvimos la suerte de conocerlo y compartir parte de su camino. A sus 97 años, y después de más de siete décadas de entrega sacerdotal, nos deja el ejemplo de una vida plenamente consagrada al servicio de Dios y de los demás.

Su mayor ilusión era poder saludar al Santo Padre, y la Providencia quiso regalarle ese momento el pasado mes de junio, en la Catedral. Fue, sin duda, un hermoso broche para una existencia marcada por la sencillez, la fidelidad y el amor a la Iglesia.

Don Olegario desarrolló su ministerio en numerosas parroquias de nuestras islas orientales, dejando siempre una huella imborrable. Sus últimos destinos en Tamaraceite, Santidad, Bañaderos y San Telmo son testigos de una labor pastoral incansable y cercana, de esas que no entienden de horarios ni de sacrificios cuando se trata de atender a quienes más lo necesitan.

Fue profesor, sí, pero, sobre todo, fue maestro. Maestro de vida, de humanidad y de fe. Poseía una
sabiduría que nacía de la experiencia y de la escucha, y sabía transmitirla con un lenguaje sencillo y coloquial que llegaba al corazón de la gente. Sus homilías no buscaban grandes discursos, sino hacer comprensible el Evangelio para todos, desde la cercanía y el sentido común que siempre lo caracterizaron.

Muchas conversaciones tuvimos en mi época de juventud, cuando uno estaba en una etapa de discernimiento. Nunca hubo una palabra de exigencia ni de obligación. Su lema era dejarse en las manos de Dios. Su figura recorriendo los barrios en aquel inolvidable Volkswagen Escarabajo azul forma ya parte de la memoria de muchas personas. Era la imagen de un pastor que salía al encuentro de su pueblo, que no esperaba a que la gente llegara a la iglesia, sino que llevaba la Iglesia hasta donde estaban las personas. En Tamaraceite realizó una labor extraordinaria, acercando las celebraciones litúrgicas a los barrios limítrofes para que nadie, especialmente los enfermos y quienes tenían más dificultades, se quedara sin participar de la misa dominical.

Su servicio no se limitó al ámbito espiritual. Conoció tiempos de verdadera necesidad y nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento ajeno. Ayudó a muchas familias de Tamaraceite cuando el hambre golpeaba con dureza, pagando recibos de agua y de luz y tendiendo la mano con una discreción y una generosidad admirables. Lo hizo sin esperar reconocimiento alguno, convencido de que servir a los más pobres era servir al propio Cristo.

Además, despertó numerosas vocaciones sacerdotales a lo largo de su vida, sembrando en muchos jóvenes el deseo de entregar también su existencia al servicio de los demás. Trajo las Misiones a Tamaraceite, cuando se proponía reunir a los vecinos en las casas a la luz del Evangelio. Esos son quizás, algunos de los legados más fecundos que deja entre nosotros.

Hoy despedimos a un sacerdote bueno, campechano y cercano, pero, sobre todo, a un servidor incansable. Que el Señor, a quien dedicó toda su vida, lo reciba con los brazos abiertos y le conceda el descanso eterno que tanto merece. ¡Gracias Don Olegario!

La Provincia

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viernes, 3 de julio de 2026

Los Nombretes en Tamaraceite, Patrimonio Cultural

 



En la revista Urdimbre del mes de junio colaboro con un artículo titulado "LOS NOMBRETES EN TAMARACEITE, PATRIMONIO CULTURAL" Les comparto el artículo y el enlace a toda la revista que la pueden descargar de manera gratuita. Muchísimas gracias a David Naranjo Ortega por permitirme compartir y difundir el patrimonio de mi barrio.

📲 Descárgala gratis aquí: https://l1nk.dev/utd5dd5
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