La Bendición de los Animales volvió a convertir a Tamaraceite en el punto de encuentro de los animales de los barrios del distrito, en honor a San Antonio Abad, en una jornada donde la fe, el amor por los animales y la identidad popular iban de la mano. Este acto, el más carismático de las fiestas del barrio capitalino, reunió una vez más a vecinos y visitantes en torno a una celebración que trasciende lo religioso para convertirse en una auténtica fiesta popular.
Desde primeras horas, la plaza fue un hervidero de vida. Animales de todos los tamaños y procedencias aguardaban pacientemente su turno: vacas de imponente presencia, caballos, burros mansos, ovejas, carneros y cabras que recordaban el pasado agrícola del barrio. Junto a ellos, una multitud de animales domésticos aportaba la nota más cercana y entrañable: tortugas que asomaban tímidamente la cabeza, jaulas con pájaros inquietos, gatos curiosos y, sobre todo, perros de todas las razas, tamaños y edades, protagonistas indiscutibles de la mañana.
Antes de la bendición, el programa arrancó con una animada gymkhana protagonizada por los animales de arrastre y los burros, un guiño festivo que arrancó risas y aplausos del público. Fue una forma de rendir homenaje al trabajo silencioso de estos animales en la historia rural de Tamaraceite, reforzando el vínculo entre tradición y presente.
Uno de los momentos más celebrados llegó de la mano del cura párroco, Víctor Domínguez, quien no dudó en meterse de lleno en la fiesta. Primero, entrando en la plaza a lomos de un asno, entre la sorpresa y el aplauso general, y después atreviéndose a ordeñar una cabra, gesto que rompió la solemnidad y acercó aún más el acto a la gente.
La jornada culminó con un broche tan dulce como simbólico, la bendición de los bizcochos lustrados de Tamaraceite, esas joyas de la repostería tradicional que Mariquita Villegas supo poner en valor y que, según la memoria popular, tanto deleitaban a don Benito Pérez Galdós. Con ellos, se selló dulcemente una celebración que, un año más, reafirmó a Tamaraceite como un barrio orgulloso de sus raíces del sector primario, capaz de convertir una tradición centenaria en una fiesta viva, cercana y profundamente humana.
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