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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
Hay lugares en nuestros barrios que, a pesar del tiempo, no se borran de nuestra mente. En el Tamaraceite de los años setenta, cuando el asfalto aún no llegaba a todas las calles del “pueblo” y las fincas de plataneras rodeaban a las viviendas como si fuera un mar verde en medio del océano, había un lugar que tenía nombre propio, sobre todo para los más pequeños: el bazar de Sarito. Situado en la calle San Borondón, justo enfrente del Colegio Adán del Castillo, aquel pequeño local fue mucho más que un negocio; era el punto de encuentro de varias generaciones de niños y, por encima de todo, el monumento a la entereza de una mujer inolvidable.
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| El bazar de Sarito y Estebita a la izquierda de la imagen |
época, donde convivían golosinas y escupideras, libros de texto y tartas, ensaimadas y matahambres, juguetes y helados, periódicos y revistas. Desde el mostrador se divisaba la vida del colegio. En aquellos primeros años, sin muros ni verjas que separaran las aulas de la calle, la estampa cotidiana la dibujaba Manolito, el conserje, recorriendo los patios en su bicicleta, o el imponente pastor alemán, Duque, corriendo suelto al caer la tarde. Más tarde vendría Tomasito, el nuevo bedel, cómplice necesario que abría las puertas los sábados para que los jóvenes del barrio, organizados en un equipo de fútbol sala nacido en la misma puerta del bazar, pudieran darle unas patadas al balón a cambio de algún trabajillo cargando sacos de papas.
El bazar nació a principios de los setenta. Estebita, el patriarca, trabajaba entonces con Don José Verdugo y montó la pequeña tienda para que su esposa, Sarito, "se entretuviera". Nadie sospechaba que aquel entretenimiento se convertiría pronto en el único flotador de la familia. Cuando la crisis del plátano hizo caer las exportaciones y Estebita se quedó en el paro, el mostrador pasó a ser el sustento de una familia numerosa con cuatro hijos. Pero el golpe más duro llegó en 1978: Estebita enfermó y falleció. Sarito enviudó muy joven, al frente de una casa que mantener y un negocio cuyas cuentas apenas sabía gestionar, pues la administración siempre había sido cosa de su marido.
Es ahí donde aparece la personalidad de Sarito. Ya no era la hija de Mariquita “la partera” sino Sarito “la del bazar”. Cualquier otra persona se habría quedado en el camino bajo el peso de la viudedad, las deudas y la crianza de los hijos. Ella, sin embargo, eligió ser un faro de paz y serenidad. Quienes la conocieron recuerdan que jamás perdió la dulzura, que su trato con los clientes, especialmente con los niños, era de una ternura infinita, siempre acompañada por una sonrisa que disipaba cualquier dolor que pudiera estar pasando. Recuerdo aquellos días de luto, cuando la gente llegaba al bazar y le recordaba a su marido, los llantos de aquella mujer eran desgarradores.
A su alrededor, sus cuatro hijos preadolescentes tuvieron que madurar a golpes de responsabilidad. Con apenas doce o trece años, los varones se turnaban en jornadas maratónicas que empezaban a las siete de la mañana y terminaban a las once y media de la noche, mientras su hermana asumía las tareas domésticas y Clarita, la ahijada, ayudaba con la limpieza. Aprendieron a llevar las cuentas, a lidiar con proveedores y a plantarle cara a los gamberrillos que intentaban jugarles una mala pasada cuando su madre viajaba a Las Palmas a por mercancía. De esa época queda la estampa casi cómica de un niño que apenas sobresalía del mostrador respondiendo con firmeza a una patrulla de la Policía Armada, los "grises", que venía a retirar unas revistas eróticas, pero que no enseñaban nada, y que colgaban de las liñas del techo.
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| El bazar se llenaba de niños a la salida del colegio |
donde se anotaban los desayunos de los niños o los recados de última hora en papeles pequeños que se atravesaban en un clavo; y el de las "cosas grandes". En un barrio obrero, donde el dinero escaseaba, Sarito hacía de intermediaria con tiendas de la capital para que sus vecinos pudieran comprar ropa, y era ella quien guardaba los Reyes Magos de muchos niños de Los Bloques y los alrededores. Los padres se llevaban los juguetes en la víspera y los pagaban poco a poco, a lo largo de todo el año. Sabían que en aquel bazar la confianza valía más que cualquier aval bancario.
Por eso, a la hora del recreo, el grito de "¡Saritooooo!" retumbaba en las rejas del colegio. Y no solo acudía ella o sus hijos; acudían también los "gamberrillos" del barrio, chicos expulsados o que no iban a clase, que se apostaban en la puerta y le echaban un cable a despachar de manera altruista, contagiados por el respeto que aquella mujer inspiraba. Por las noches, cuando el cansancio vencía y los hijos debían estudiar, aparecía la figura de Benjamín, un vecino entrañable que venía cada noche a ayudarla a cerrar, demostrando que la bondad de Sarito se devolvía con creces.
| Sarito con sus cuatro hijos |
resistió apenas un año más. Hoy, más de tres décadas después, el local ya no existe, pero en las calles de Tamaraceite el eco de su nombre sigue vivo. Las estanterías desaparecieron, los juguetes dejaron de esperar la víspera de Reyes y las hojas de los "fiaos" hace tiempo que dejaron de clavarse en aquel viejo clavo. Pero hay cosas que el tiempo no consigue cerrar. En Tamaraceite todavía hay quien, al cruzarse con cualquiera de sus hijos, no pregunta por su apellido. Simplemente dice: "Mira, uno de los hijos de Sarito". Y de paso comentan cosas como “que buenos eran los matambres que vendía Sarito”. Su historia es la crónica de un tiempo que ya no vuelve, el recuerdo de un mostrador que fue refugio y confesionario, pero, sobre todo, el retrato de una mujer de fe que, a pesar de las cicatrices de la vida, decidió que su mejor herencia para el mundo era hacer el bien al que lo necesitaba, darles estudios a sus hijos y regalar su sonrisa eterna.
Y mientras, aunque ella ya no está entre nosotros, seguirá despachando sonrisas desde el lugar más importante que puede ocupar una persona, la memoria de su pueblo de Tamaraceite.
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