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| Por Esteban G. Santana Cabrera |
En días como estos que estamos “sufriendo” de calor intenso, me vienen a la cabeza recuerdos que no necesitan fotografías para evocarlos porque permanecen intactos en mi memoria. Uno de ellos son aquellas tardes y noches de verano en las que las casas se abrían a la calle y las sillas salían a las aceras de los barrios.
Cuando el
calor empezaba a aflojar y el sol se escondía detrás de las
azoteas, alguien sacaba una silla. Después otra. Y otra. No hacía
falta llamar a nadie. La calle era el punto de encuentro. Se buscaba
el fresco, sí, pero también la conversación, la compañía y esa
agradable sensación de saber que uno no estaba solo.
Allí
se hablaba de todo. De los hijos, del trabajo, de los vecinos, de
quien había enfermado, de quien se había marchado y de quien
acababa de llegar. Los niños corrían alrededor mientras los mayores
hacían tertulias, muchas de ellas podrían servir para llenar
programas de televisión de los de ahora, pero con contenido. A veces
ni siquiera había un tema concreto. Simplemente se estaba allí,
esperando que pasara alguien o que viniera un vecino y se sentara en
el bordillo de la acera. Y eso bastaba.
La radio ocupaba
un lugar especial en aquellas noches. Recuerdo que algunos ponían la
radio en la
ventana y se ponían a escuchar “La Ronda”, aquel programa de dedicatorias musicales en el que una canción podía convertirse en un mensaje de amor, de amistad, de nostalgia o de recuerdo. La radio tomaba vida y alrededor de ella se iban formando pequeños corrillos. Se escuchaba la dedicatoria, se reconocía la canción y siempre había alguien que tenía algo que contar. Qué curioso resulta pensar que aquella radio, que hoy casi ni se usa, tenía la capacidad de reunir a las personas. No las separaba.
ventana y se ponían a escuchar “La Ronda”, aquel programa de dedicatorias musicales en el que una canción podía convertirse en un mensaje de amor, de amistad, de nostalgia o de recuerdo. La radio tomaba vida y alrededor de ella se iban formando pequeños corrillos. Se escuchaba la dedicatoria, se reconocía la canción y siempre había alguien que tenía algo que contar. Qué curioso resulta pensar que aquella radio, que hoy casi ni se usa, tenía la capacidad de reunir a las personas. No las separaba.
Hoy
hemos construido un mundo completamente diferente. Podemos
comunicarnos con alguien que está al otro lado del planeta en
cuestión de segundos. Tenemos cientos de contactos, grupos, redes
sociales y conversaciones que nunca terminan. Podemos saber qué está
haciendo alguien a miles de kilómetros, incluso alguien a quien
probablemente jamás conoceremos.
Y, sin embargo, muchas
veces no sabemos qué está haciendo el vecino de al lado. Quizá esa
sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Estamos
permanentemente conectados y, al mismo tiempo, cada vez más
solos.
Hemos sustituido la silla del portal por el sofá.
La conversación, por la pantalla. La radio compartida, por los
auriculares. Aquellos corrillos en los que todos podían participar
han sido reemplazados, en demasiadas ocasiones, por conversaciones
digitales con personas que no conocemos y con las que probablemente
nunca compartiremos una tarde, un café o una historia.
No pretendo idealizar aquellos años, no me entiendan mal, porque todo no era bueno y también tenían sus dificultades y sus carencias. Tampoco se trata de renunciar a la tecnología, que tantas cosas buenas nos ha proporcionado. Se trata, simplemente, de preguntarnos si en medio de tanta conexión no hemos olvidado algo tan importante como compartir con los que tenemos al lado, con los más cercanos.
Es que una conversación cara a cara tiene algo
que ninguna pantalla puede sustituir. Una mirada, una carcajada, un
silencio, alguien que pregunta cómo estás y espera realmente la
respuesta.
Quizá este verano deberíamos hacer un pequeño
ejercicio de rebeldía. Sacar una silla a la puerta. Sentarnos al
fresco y hablar con quien pase. Y dejar, aunque sea por un rato, que
el mundo pase delante de nosotros sin necesidad de deslizar el dedo
sobre una pantalla. Porque hubo un tiempo en que para sentirnos
acompañados no necesitábamos conectarnos a ninguna red. Solo
necesitábamos una silla en el portal.
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