domingo, 23 de agosto de 2026

Las Charcas de San Lorenzo siguen esperando

 

Por Esteban G. Santana Cabrera 

Hay paisajes que desaparecen de golpe, víctimas del cemento, de una carretera o de una gran urbanización. Y hay otros que mueren lentamente, casi en silencio, ante la indiferencia de quienes tienen la obligación de protegerlos. Las Charcas de San Lorenzo pertenecen, desgraciadamente, a este segundo grupo. Su deterioro no es debido únicamente al paso del tiempo o al abandono de algunos ciudadanos, es también consecuencia de una dejadez institucional prolongada que ha convertido uno de los espacios naturales y etnográficos más singulares de Tamaraceite y San Lorenzo en un lugar de enormes contrastes.

Hablar hoy de la conservación de Las Charcas es hablar inevitablemente de personas que dedicaron buena parte de su vida a defender aquello que muchos consideraban perdido. Es recordar a Paco González Tejera, impulsor de esta causa junto al colectivo ecologista Atamarazayt y posteriormente uno de los promotores de la Plataforma Salvar las Charcas de San Lorenzo. Una lucha que nunca se limitó a las pancartas o a las concentraciones, sino que llegó incluso a los tribunales y a la Fiscalía Anticorrupción para denunciar movimientos especulativos que amenazaban con transformar este entorno en un gran campo de golf acompañado de una exclusiva urbanización de chalets. Aquella batalla ciudadana consiguió frenar este atentado y colocar este paisaje en el debate público, demostrando que la defensa del territorio también es una forma de compromiso democrático.

Sin embargo, resulta difícil comprender que, después de tantos años de reivindicación, las imágenes que

hoy encontramos en este espacio sigan siendo tan contradictorias. Basta detenerse unos minutos junto a los estanques de barro para disfrutar de uno de los espectáculos más hermosos que nos regala la naturaleza. El vuelo elegante de los tarros canelos o las cigüeñelas, la presencia de garzas, el canto de las aves y la tranquilidad con la que numerosas especies utilizan este humedal convierten el lugar en un pequeño oasis dentro de una ciudad que crece a pesar del ser humano. Las propuestas presentadas a lo largo de estos años para su recuperación recuerdan precisamente el extraordinario valor ornitológico, agrícola, paisajístico y educativo de este enclave, planteando su transformación en un verdadero Parque Agroambiental abierto a toda la ciudadanía.

Pero conviviendo con la naturaleza observamos vertidos incontrolados, escombros, basura acumulada, caminos degradados y un patrimonio hidráulico que se deteriora año tras año. Las acequias, cantoneras, estanques y antiguos elementos agrícolas que cuentan la historia de este territorio permanecen expuestos al vandalismo y al abandono. No hablamos únicamente de proteger unos estanques, hablamos de conservar la memoria de un paisaje construido durante siglos por agricultores y ganaderos y de evitar que desaparezca una parte fundamental de la identidad de San Lorenzo y Tamaraceite.

A esta recuperación debemos unir necesariamente el Camino Viejo de San Lorenzo. Ese sendero histórico de casi tres kilómetros, que durante generaciones comunicó Tamaraceite con San Lorenzo antes de la existencia de la actual carretera, constituye un patrimonio cultural y natural extraordinario. Hoy podría convertirse en uno de los recorridos peatonales más bellos de Las Palmas de Gran Canaria, uniendo historia, naturaleza, educación y ocio saludable. El proyecto que se ha presentado desde el movimiento vecinal propone limpiarlo, restaurar su vegetación autóctona, recuperar canales de riego, instalar paneles interpretativos y convertirlo en un espacio didáctico para escolares y familias. Esto no es una utopía, es una propuesta concreta, perfectamente definida y pensada para devolver a este lugar la categoría de paisaje protegido.

Quizá lo más frustrante de toda esta historia sea comprobar que las ideas existen. Existen los proyectos técnicos. Existen los colectivos ciudadanos. Existe incluso el consenso político que, en determinados momentos, aprobó por unanimidad iniciativas para dignificar este entorno. Y, sin embargo, la ejecución continúa siendo la gran asignatura pendiente. Y me pregunto por qué resulta tan difícil invertir en conservar aquello que ya tenemos mientras se anuncian constantemente grandes proyectos urbanos que despiertan mucho más interés mediático y político. Una ciudad moderna no es únicamente aquella que inaugura infraestructuras, o que acoge un mundial de fútbol o quiere convertirse en capital europea de la cultura, también es aquella que protege sus paisajes, su biodiversidad y su patrimonio histórico.

Las Charcas de San Lorenzo no necesitan buenas intenciones porque los vecinos estamos desengañados ya. Necesitan voluntad. Necesitan limpieza, vigilancia, restauración ambiental y un compromiso real con el Parque Agroambiental que tantas personas ayudaron a diseñar. Necesitan que el Camino Viejo deje de ser un vertedero encubierto para convertirse en un verdadero corredor verde donde los niños aprendan a reconocer una garza, una palmera o una acequia y comprendan que el desarrollo nunca debería estar enfrentado a la conservación. Porque proteger este paisaje no es mirar hacia el pasado, es decidir qué ciudad queremos dejar a nuestros hijos.

Las Charcas siguen esperando. Y lo verdaderamente imperdonable no sería perderlas por falta de recursos, sino perderlas por falta de interés.


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