lunes, 28 de septiembre de 2026

La última noche de mi vieja radio

Por Esteban G. Santana Cabrera     

Hay despedidas que pasan desapercibidas para la mayoría de los mortales. No ocupan titulares, no generan debates ni provocan manifestaciones. Sin embargo, para quien las vive, representan el final de una época. Estos días me ha tocado decir adiós a una vieja compañera de viaje: mi radio de onda media.


Durante muchos años ocupó un lugar privilegiado bajo mi almohada. Era un pequeño transistor de ruedas, de esos que había que sintonizar con paciencia, moviendo lentamente el dial hasta encontrar la frecuencia exacta. En ocasiones aparecían interferencias, otras veces la señal se perdía durante unos segundos, pero precisamente esa imperfección era parte de su encanto. Cada noche, antes de dormir, aquella radio me abría una ventana al mundo.

La desaparición progresiva de las emisiones de AM en Canarias y en buena parte de España ha supuesto mucho más que un cambio tecnológico. Es el final de una forma de escuchar la radio, de sentirla y de imaginarla. La onda media tenía algo de mágico. Bastaba girar una rueda para que, de repente, una voz procedente del continente africano, Portugal o la isla vecina entrara en tu habitación como si estuviera a pocos metros de ti. Eso con la FM es imposible ya que en muchas ocasiones no se oye ni en toda la ciudad, necesitando varios repetidores.

Llámenme friki, pero siento un vacío que no es baladí. Ya no podré escuchar Radio Club Tenerife o COPE Tenerife desde Gran Canaria. Más allá de los programas, me fascinaba la publicidad de comercios que nunca había visitado, las noticias locales, los nombres de pueblos y calles, el estado del tráfico en Santa Cruz o la información del tiempo en el norte de la isla. Sin moverme de la cama, viajaba cada noche a Tenerife. La radio conseguía derribar el mar que separa nuestras islas y convertir el Archipiélago en un espacio mucho más cercano.

La vieja radio de mi padre
La AM me traslada a mi infancia cuando escuchábamos la radio a través de un aparato de radio de
lámparas Philips A3 25926 que mi padre le regaló a mi madre siendo novios. A través de ella me vienen programas como “La Ronda”, “Radio Gaceta de los deportes” o incluso escuchar la radio clandestina que venía de África en tiempos de Cubillo. La radio de antes unía en torno al receptor a las familias y a los vecinos como en la hora de la radionovela de mediodía, donde se hacía un parón para escucharla. 

Hoy la tecnología nos ofrece una calidad de sonido infinitamente superior. Con un simple teléfono móvil podemos escuchar cualquier emisora del mundo a través de internet. Es rápido, cómodo y prácticamente perfecto. Pero, curiosamente, esa perfección ha ido borrando parte de la magia de la radio. Ahora me veo obligado a colocarme un auricular conectado al móvil para seguir escuchando la radio antes de dormir. Funciona mejor, sí, pero ya no es lo mismo.

Echo de menos el ritual de coger el transistor entre las manos, mover el dial lentamente y dejar que las ondas hicieran su trabajo. Echo de menos aquella incertidumbre de no saber exactamente qué iba a aparecer al otro lado de la frecuencia. Porque la radio no era únicamente el contenido que pretendías escuchar, sino también era el camino hasta encontrarlo.

El filósofo Marshall McLuhan afirmaba que "el medio es el mensaje". Quizá tenía razón. No solo ha cambiado la forma de recibir la información, también ha cambiado nuestra relación con ella. Hemos ganado inmediatez, pero hemos perdido parte de la liturgia que acompañaba al acto de escuchar.

Mi vieja radio ya no tiene sentido. Las frecuencias que durante décadas llenaron mis noches han ido apagándose poco a poco. Probablemente terminará guardada en una estantería, convertida en un objeto más de esos que conservamos porque contienen recuerdos. Sin embargo, cada vez que la vea, recordaré aquellas noches en las que, con solo girar una pequeña rueda, podía cruzar el océano de oscuridad que separa Gran Canaria de Tenerife sin salir de mi habitación.

Quizá la radio siga viva en los teléfonos móviles, en las aplicaciones y en las plataformas digitales. Pero la magia de la onda media, esa que viajaba invisible por el aire y que convertía el silencio de la noche en compañía, esa, me temo, ya forma parte de nuestra memoria colectiva. Y hay tecnologías que, aunque dejen de emitir, nunca dejarán de sonar en el corazón de quienes crecimos escuchándolas.


lunes, 21 de septiembre de 2026

Saber ganar, saber perder...

Por Esteban G. Santana Cabrera 

El reciente Mundial de Fútbol Masculino nos ha dejado imágenes para el recuerdo que a buen seguro no podremos olvidar nunca. Vimos la alegría inmensa de quienes levantaron la copa, pero también las lágrimas de quienes se quedaron a las puertas de la gloria. España celebró un triunfo histórico, mientras otras grandes selecciones abandonaban el torneo con la decepción reflejada en el rostro de sus jugadores y alguno sin saber encajar la derrota. Sin embargo, a mí me gustaría quedarme con la actitud de muchos de ellos, felicitando al rival, reconociendo el mérito del vencedor y aceptando que, en el deporte como en la vida, no siempre se gana.

Vivimos en una sociedad que, con frecuencia y sin pretenderlo, transmite a los niños la idea de que el éxito debe ser inmediato y permanente. Queremos evitarles el sufrimiento, resolverles los problemas antes de que aparezcan y protegerlos de cualquier experiencia desagradable. En muchas ocasiones hemos escuchado aquello de: “no quiero que mi hijo pase por lo que pasé yo”. Sin embargo, esa sobreprotección puede convertirse en una problema para su desarrollo personal. Educar no consiste únicamente en procurar felicidad, sino también en preparar para afrontar las dificultades que inevitablemente llegarán.

En este sentido, la frustración desempeña un papel fundamental. Como señala Alfonso López Caballero en su artículo “La frustración como elemento educativo”, el niño necesita experimentar pequeñas frustraciones para desarrollar recursos emocionales que le permitan afrontar los desafíos de la vida. Aprender que no siempre se obtiene lo que se desea, aceptar un "no", perder un partido o equivocarse en un examen forman parte de un aprendizaje imprescindible para construir personas emocionalmente fuertes.

El deporte constituye una magnífica escuela de vida porque enseña, de manera natural, que el esfuerzo no garantiza siempre la victoria. Se puede entrenar con intensidad, dar lo mejor de uno mismo y, aun así, perder. Esa realidad, lejos de ser injusta, ayuda a comprender que el valor de una persona no depende exclusivamente del resultado obtenido, sino de la forma en que afronta el esfuerzo realizado hasta llegar al partido.

Por ello, deberíamos preocuparnos menos por que nuestros hijos ganen siempre y mucho más por cómo reaccionan cuando no lo consiguen. Saber perder implica controlar las emociones, reconocer el mérito del adversario, aceptar los errores propios y levantarse con la ilusión de volver a intentarlo. Indiscutiblemente, quien aprende a perder también aprende a ganar con humildad, porque comprende que el éxito no se va a producir siempre ni la derrota será eterna. Recuerdo que de pequeño, en los partidos, incluso torneos, que nos “echábamos” en la calle, los estanques, el campo Juan Guedes o en la cancha del colegio, no existía el árbitro, y los chiquillos nos la arreglábamos para ponernos de acuerdo ante una falta o un penalti . Aprendimos que a veces hay que perder para poder seguir jugando. Eso hoy en día es casi imposible.

Las familias y la escuela compartimos una responsabilidad muy importante. No podemos educar a nuestros hijos en un mundo donde todos reciben premios por participar o donde cualquier contratiempo se interpreta como un fracaso insuperable. Necesitamos enseñar que equivocarse forma parte del aprendizaje, que la frustración no es un enemigo del que haya que huir, sino una oportunidad para crecer y desarrollarse.

Quizá esa sea el mejor aprendizaje que nos dejó el Mundial. La copa solo la levanta un equipo, pero todos tienen la oportunidad de demostrar grandeza. Porque los campeones no se distinguen únicamente por ganar una final, sino por respetar al rival cuando vencen y por saber perder cuando pierden. Y esa es, probablemente, una de las enseñanzas más valiosas que podemos transmitir a nuestros niños y niñas, que en la vida no siempre se gana, pero siempre se puede aprender.









sábado, 19 de septiembre de 2026

"Tamaraceite pasión por el fútbol" ya se puede descargar desde la página Mdc de la ULPGC


Tamaraceite, pasión por el fútbol ya se puede consultar y descargar a través de la página de la Biblioteca de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria ULPGC, Memoria digital de Canarias (mdC), un portal del patrimonio documental canario que proporciona acceso a todo tipo de documentación de o sobre Canarias, mostrando siempre los documentos completos, libre y gratuitamente, en forma facsímil. La historia de nuestro fútbol en Tamaraceite y los orígenes de la UD Tamaraceite https://mdc.ulpgc.es/s/mdcte/item/473388

lunes, 14 de septiembre de 2026

Haz un gran favor y tendrás un justo castigo

 

Por Esteban G. Santana Cabrera  

Hay frases que, por sencillas que parezcan, esconden sabiduría popular. Son frases que no necesitan largas explicaciones porque el día a día termina dándoles sentido. Una de ellas, que quienes me conocen saben que llevo grabada a fuego, me la enseñó hace muchos años mi buen amigo y compañero de profesión, Carmelo Afonso: «Haz un gran favor y tendrás un justo castigo».

Esta afirmación que puede parecer pesimista o incluso injusta, sin embargo, basta con observar la realidad para comprender que la frase no pretende desanimarnos a ayudar a los demás, sino advertirnos de una condición muy humana: cuando un favor extraordinario se convierte en costumbre, deja de percibirse como un gesto generoso para transformarse en una obligación. Y cuando un día no podemos o no queremos repetirlo, aparece la decepción, la crítica o el reproche. Y a la vez, si un día hacemos algo por ayudar a los demás saltándonos las “reglas del juego”, aunque no lo hagamos con malas intenciones, incluso con buenas, se te puede “virar la tortilla” y puedes salir “quemado”.

Esta reflexión puede trasladarse prácticamente a todos los ámbitos de nuestra vida. En la familia ocurre con frecuencia. Los padres, movidos por el amor incondicional hacia sus hijos, intentan facilitarles el camino, resolverles los problemas o evitarles frustraciones. Sin embargo, cuando todo se les da hecho, el esfuerzo deja de valorarse y la ayuda acaba siendo interpretada como un derecho adquirido. Y voy más allá, el día que se pone un límite, quienes siempre recibieron apoyo pueden sentir que se les está fallando. Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos ofrecer a nuestros hijos sea precisamente ayudarles pero sin hacérselo, acompañarles sin impedir que aprendan a caminar solos.

En el ámbito educativo esta realidad resulta especialmente evidente. Los docentes solemos ir mucho más allá de lo que marca nuestro horario o nuestras obligaciones. Dedicamos muchas horas fuera de nuestro horario laboral, buscamos recursos, atendemos a las familias, escuchamos problemas personales y procuramos que ningún alumno quede atrás. Lo hacemos porque creemos en nuestra profesión y porque entendemos la educación como una vocación. Sin embargo, en muchas  ocasiones ese esfuerzo adicional pasa inadvertido, mientras que un pequeño error o la imposibilidad de atender una nueva petición recibe todas las críticas.  Lo extraordinario se normaliza con rapidez; la ausencia, en cambio, se magnifica.

También sucede entre compañeros de trabajo. Quien siempre está dispuesto a resolver problemas, cubrir ausencias o asumir responsabilidades termina siendo, muchas veces, la primera persona a la que se recurre una y otra vez. El riesgo aparece cuando esa disponibilidad permanente genera expectativas imposibles de mantener. Entonces, el reconocimiento desaparece y el agradecimiento deja paso a la exigencia y a la crítica.

Y qué decir del ámbito social o político. La memoria colectiva suele ser muy corta. Grandes decisiones, importantes sacrificios o años de entrega quedan fácilmente eclipsados por un único error o por una decisión impopular. Parece que la gratitud tiene menos recorrido que la crítica.

En este punto nos convendría recordar a Séneca. En su tratado De beneficiis, el filósofo afirmaba que quien hace un favor no debe convertirlo en una moneda de cambio ni esperar una recompensa proporcional, porque el verdadero beneficio encuentra su satisfacción en el propio acto de hacer el bien. Sin embargo, también advertía de que la ingratitud es uno de los defectos más frecuentes del ser humano. El favor deja de apreciarse cuando se convierte en costumbre y, entonces, quien siempre dio termina siendo juzgado no por todo lo que hizo, sino por aquello que un día dejó de hacer. Es una enseñanza que, dos mil años después, continúa teniendo una sorprendente actualidad. 

Quizá la mejor interpretación de aquella frase que me enseñó mi amigo Carmelo Afonso sea entender que los favores no deben hacerse esperando reconocimiento. Y que pensemos que a veces hacer un favor en cualquier ámbito de la vida, puede no ser lo mejor, y se te puede volver en contra. La recompensa de obrar bien no siempre llega en forma de agradecimiento,  muchas veces reside simplemente en la tranquilidad de haber actuado conforme a nuestros principios. Porque, al final, quien ayuda por convicción nunca pierde, aunque en ocasiones se reciba ese "justo castigo" del que habla la frase.

InfoNorte

TeldeActualidad

Diocesana de Canarias



miércoles, 9 de septiembre de 2026

Comenzar el curso pensando en los más pequeños

Por Esteban G. Santana Cabrera  

Se nos presenta en este comienzo de curso una nueva oportunidad para renovar ilusiones, abrir nuevos proyectos y cumplir compromisos de la educación pública con la sociedad. Este curso 2026-2027 en Canarias comenzará con la inauguración oficial que tendrá lugar en el CEIP Tigaday, en la isla de El Hierro, un centro pionero en la implantación del ciclo completo de Educación Infantil de 0 a 3 años. A nadie se le esconde que es la mejor manera de visibilizar una de las grandes apuestas educativas de la Consejería de Educación durante los últimos años: acercar la escolarización temprana a las familias canarias y convertirla en un verdadero instrumento de igualdad de oportunidades.

Los datos hablan por sí solos. En apenas cuatro cursos, Canarias ha pasado de contar con un reducido número de aulas para este primer ciclo de Infantil a disponer de cientos de nuevas plazas repartidas por todas las islas. Detrás de esas fantásticas cifras hay familias que pueden conciliar mejor su vida laboral y familiar, madres y padres que encuentran una respuesta pública, cercana y de calidad; y niños que comienzan su desarrollo en entornos educativos estimulantes y significativos desde sus primeros años de vida.

Sin embargo, el éxito de una política pública no puede medirse únicamente por el número de plazas creadas. También debe evaluarse por su capacidad para llegar allí donde más se necesita. Y todavía hay mucho por hacer, ya que existen barrios y pueblos de Canarias donde esta oportunidad sigue siendo una asignatura pendiente.

Lo que no puede ser es que no haya una guardería pública o privada, o aulas de de 0 a 3 años en todos los barrios de nuestra ciudad. Hay muchos barrios que lo están demandando, y no es un capricho ni una reivindicación aislada, sino de una necesidad real de numerosas familias que, a día de hoy, se ven obligadas a recorrer más de cuatro kilómetros para llevar a sus hijos a una escuela infantil. Cuatro kilómetros que, en muchas ocasiones, suponen cambiar horarios laborales, depender del horario de las guaguas, necesitar de terceros o renunciar a una mejor conciliación.

La educación de 0 a 3 años no debe verse únicamente como un recurso asistencial y eso lo tiene muy claro esta Consejería. Es una etapa educativa con identidad propia, avalada por la investigación pedagógica, que favorece el desarrollo cognitivo, emocional, lingüístico y social de los niños. Pero también constituye una herramienta de cohesión social y de equidad territorial. Allí donde se abre un aula de Infantil no solo se educa a los más pequeños, también se fortalece el barrio, se arraiga a la población y se apoya a las familias.

Por eso, el comienzo del nuevo curso debería servir también para volver a mirar el mapa educativo de Canarias. Celebrar los logros alcanzados es necesario, pero igual de importante es identificar aquellos lugares donde todavía queda camino por recorrer. Porque la igualdad de oportunidades empieza antes de aprender a leer o a escribir, comienza cuando cualquier familia, viva donde viva, puede acceder a una educación pública de calidad sin que el código postal determine las oportunidades de sus hijos.

Ojalá el ejemplo del CEIP Tigaday inspire nuevas decisiones y nuevos proyectos. Porque una Canarias que apuesta por la infancia desde los primeros años está invirtiendo, en realidad, en mejorar su futuro.








miércoles, 2 de septiembre de 2026

Un paseo por Tamaraceite

 

Por Esteban G. Santana Cabrera  

Hay barrios de nuestra ciudad de Las Palmas de Gran Canaria que no se conocen simplemente caminándolos. Hay que detenerse, escuchar a su gente, observar sus edificios, callejear y dejar que sean ellas las que cuenten la historia. Tamaraceite es uno de esos lugares, y además estoy muy orgulloso de haber nacido y crecido allí.

Miles de personas han llegado en los últimos años a vivir a este rincón de la ciudad atraídas por las nuevas urbanizaciones, las áreas comerciales y los servicios que ofrece una ciudad en constante crecimiento. Muchos conocen sus grandes avenidas, sus zonas comerciales, sus modernas promociones de viviendas e incluso los atascos. Sin embargo, pocos saben que bajo ese paisaje urbano se esconde uno de los lugares con mayor peso histórico de Gran Canaria.

Tamaraceite no nació como un barrio. Mucho antes de la conquista castellana fue uno de los antiguos cantones aborígenes de la isla, el denominado Tamarazeyte, gobernado, según narra José de Viera y Clavijo, por el guanarteme Adeun. Era un territorio fértil, rico en agua, agricultura y ganadería, donde los antiguos canarios encontraron un lugar privilegiado para asentarse. Las numerosas cuevas de La Montañeta, muchas de ellas todavía habitadas, son el mejor testimonio de aquella continuidad histórica que une a los antiguos pobladores con generaciones de vecinos.

Tras la conquista, Tamaraceite continuó siendo un enclave estratégico. Durante siglos fue una tierra agrícola por
excelencia, cubierta de palmeras, dragos, estanques y extensas fincas donde prosperaban cereales, hortalizas y frutales. Llegó a convertirse en el núcleo más poblado del desaparecido Ayuntamiento de San Lorenzo, auténtico motor económico y social de toda la comarca. Su historia no puede estudiarse sin el agua, sin las plataneras, sin los estanques, sin sus caminos reales y sin el esfuerzo de tantas familias que hicieron de este valle un ejemplo de trabajo y prosperidad.

Por eso, quien llega hoy a Tamaraceite debería dedicar, al menos una mañana a recorrer su casco histórico. Basta entrar en la iglesia de San Antonio Abad para descubrir una auténtica joya artística: el impresionante mural del pintor, nacido en Tamaraceite, Jesús Arencibia, una obra que convierte el presbiterio en una auténtica catequesis visual y que sorprende a cuantos la contemplan por primera vez. Artista de reconocido prestigio que podemos disfrutar de su obra en otros murales de la ciudad.

No podemos dejarnos atrás la vieja ermita de La Mayordomía del S XVII, hoy enterrada bajo los puentes de la circunvalación. Actualmente propiedad de la parroquia de San Antonio Abad, está situada aproximadamente a un kilómetro de la iglesia parroquial y a pocos metros de Las Perreras y La Guillena. Probablemente había antes un oratorio-cementerio para uso de los primeros dueños de la finca. Los mayordomos vivían en las casas cercanas que están en ruinas (de ahí proviene el nombre de mayordomía).

En la Carretera General, donde en otro tiempo la gente salía a pasear y a “ennoviar” los sábados y domingos a la salida de misa o del Cine Galdós, permanece la antigua Casa Consistorial del Ayuntamiento de San Lorenzo, hoy Casa de la Cultura, testigo de una época en la que Tamaraceite era centro administrativo de un amplio municipio. Caminar por la Carretera General permite descubrir viviendas tradicionales, antiguas casonas y rincones que todavía conservan la esencia de aquel pueblo que creció alrededor del camino real aunque hoy en día parezca más un barrio abandonado.

El paseo puede continuar hacia La Montañeta, donde las casas cueva siguen recordando la adaptación del ser humano al paisaje volcánico. Son viviendas humildes, pero cargadas de historias, que forman parte del patrimonio etnográfico de Gran Canaria y nos hablan de otra forma de entender la vida.

Y si el visitante desea encontrarse con la naturaleza, pocas rutas resultan tan sugerentes como el Camino Viejo de San Lorenzo. Este antiguo sendero conecta Tamaraceite con el histórico pueblo vecino atravesando uno de los espacios ambientales más valiosos del municipio: las Charcas de San Lorenzo, refugio de numerosas especies de aves y uno de esos lugares donde todavía es posible detener el reloj y escuchar únicamente el sonido del agua y del viento a pesar del abandono por parte de las instituciones.

Conocer Tamaraceite es comprender que la historia de un pueblo no desaparece porque cambien sus edificios o aumente su población. La historia permanece mientras haya personas dispuestas a contarla y otras con ganas de escucharla.

Por eso, esta invitación va dirigida especialmente a quienes han elegido Tamaraceite para construir su hogar. Descubrir el barrio donde vivimos también es una forma de quererlo. Pasear por sus calles con otros ojos, conocer quiénes caminaron antes por ellas y entender el valor de su patrimonio nos ayuda a sentirnos parte de una comunidad y no simples habitantes de un lugar.

Porque Tamaraceite no es únicamente un barrio de Las Palmas de Gran Canaria. Es un antiguo cantón aborigen, un pueblo agrícola que alimentó a generaciones de grancanarios, el corazón del viejo municipio de San Lorenzo y un espacio donde cada calle, cada edificio y cada lugar conservan fragmentos de una historia que merece seguir siendo contada.

Quizá solo haga falta eso: salir a caminar. Dar un paseo por Tamaraceite y dejar que sea el propio pueblo quien nos revele, paso a paso, la riqueza de su pasado y las razones para seguir construyendo con orgullo su futuro.



martes, 1 de septiembre de 2026

Una imagen del reboso de Maspalomas portada de La Provincia

 


No todos los días una fotografía tuya es portada de un periódico. Estar en el momento justo y en el lugar adecuado tiene su premio. Una de mis fotografías portada del periódico La Provincia . Así como en la página interior y en el digital https://www.laprovincia.es/gran-canaria/2026/08/31/mareas-pino-llegan-maspalomas-dejan-133813835.html